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Un pájaro con las alas plegadas



(Foto: Irving Penn)

Mi padre era un hombre excepcional. Supongo que la mayoría de la gente piensa lo mismo del suyo y eso está bien, pero, en este caso, es cierto, totalmente cierto. Era un hombre excepcional por muchos motivos y tenía más mérito porque las circunstancias estaban en su contra. Toda su infancia y su adolescencia echó en falta (aunque nunca lo confesó, pero era obvio) el cariño de una madre, el cuidado de alguien que le abrazara. Su casa había vivido una tragedia y esa tragedia los marcó a todos de por vida. Por eso quizá sintió tan fuerte el amor de la familia que él mismo creó y por eso sus hijos éramos sus estrellas, sus soles, sus astros, todos en una constelación única que era intocable. Por eso estiró la vida hasta sentirla al máximo y así lo muestran las fotografías de su juventud, atractivo como un actor de cine, con sus gafas de sol que nunca abandonaba, su gesto irónico y su media sonrisa casi enigmática. Hubiera sido un actor estupendo. 

Leía todos los días el periódico. Lo traía al mediodía, cuando volvía a almorzar, y los hijos volábamos para ser los primeros en leerlo. Había una extraña felicidad en abrir esas páginas por vez primera. Es una sensación inolvidable, que quizá alguno de vosotros habéis también sentido. Cuando, ya de mayor, he comprado yo misma la prensa o me ha llegado con el repartidor por la mañana temprano, he vuelto a rememorar la caricia agradable de pasar las páginas una a una y de recorrer los titulares y leer los contenidos. 

Este es el método más sencillo de enseñar a tus hijos las cosas que quieres que aprendan. El ejemplo. Conviertes a todos ellos en lectores de periódico con el simple ejercicio de comprarlo y leerlo cada día. Esa estampa, ese hombre sentado en su butaca, con la postura erguida, la camisa de manga larga un poco arremangada, las manos apacibles y la atención puesta en lo que cuenta el diario, esa estampa es el origen de una vocación imperecedera. 

A veces pienso en qué diría con todo esto de ahora. Con la triste realidad de los medios, a los que respetaba tanto. Con la facilidad para la mentira y el engaño que se ve en muchos de ellos, con la pérdida de la independencia. De tanto leer la prensa, de tanto vivir, de tantas experiencias y sinsabores, él había logrado lo que muchos no consiguen en toda su vida: ser libre de pensamiento, incapaz de engañar, cargado de una honestidad que parece antigua y una proverbial amabilidad hacia todos. Lo regalaba todo y lo entregaba todo, nada era suyo, nada tenía para sí, porque entendió muy pronto que las cosas materiales eran perecederas. 

Quizá por esto me gusta tanto ver películas de periodistas, de esas que hablan de investigaciones famosas, esas en las que se ven los camiones cargando las primeras ediciones para llevarlas a los quioscos. Quizá por eso me cuesta tanto observar el deterioro de la prensa, la pérdida de independencia y de libertad. Quizá por eso es más difícil permanecer callada ante tanta cobardía. Él no ha vivido esto pero sé que su pensamiento estaría con la decencia, porque ser decente va en el ADN y no se pierde nunca, ni se escatima, ni se arroja por la borda. 


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