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Sigue habiendo azoteas




Mucho antes de todo, en la historia antigua de los versos, las niñas saltaban de un tramo a otro de las azoteas corridas que servían de cubierta a las casas blancas con festones amarillos de la calle. Empezaban en un extremo y, haciendo el mayor ruido, podían terminar al otro lado, al borde de las huertas, justo frente a la pantalla del cine de verano. Esta era la última azotea y la que tenía mejores vistas. Nadie era capaz de descubrirlas, nadie sabía de dónde venía ese sonido de la música que las hacía ensayar sus bailes a escondidas. 

Si el viento de levante soplaba existían modos de burlarlo. Se parapetaban detrás de algunos de los miradores que coronaban la azotea central, la más grande y opulenta, y allí estaban horas y horas, al abrigo del aire y de las madres, que solían gritar sus nombres empezando por una llamada amable y terminando por una orden imperiosa. Todas querían huir de sus casas y enfilar el horizonte desde aquella atalaya imposible. Todas sentían que les faltaba algo y que en algún lugar del mundo, quizá en Brooklyn o en el sur de Francia, hallarían las respuestas. 

A veces rodaban películas. Hacían de directores, de script, de cámaras y de intérpretes. Una de ellas era la guionista e inventaba las frases. Las otras no querían repetirlas sino, por el contrario, soltar lo primero que se les ocurría. Había quien se quejaba de que siempre le tocara hacer del chico. Otra lloraba si no era la princesa. Las historias tenían ecos reales y terminaban con un tono agridulce que era lo suyo. Bien, pero no del todo. Habían intuido que esto tenía visos de ser realidad. Y, a lo lejos, cuando la inspiración fallaba, aparecían las siluetas blancas de los barcos que llegaban al astillero, que cruzaban altivos la bahía, y entonces surgía en la trama alguna aventura de un indiano que venía de América o de un detective oculto en las cajas de embalaje. 

Cuando la adolescencia hizo de las suyas aquellas películas inventadas dejaron de tener su razón de ser. Era mucho más emocionante la vida misma. Cada una de ellas vivía pendiente de un amor, las más de las veces, imposible. Los veían pasar por la calle, los miraban, en ocasiones tenían la suerte de conocerlos, en otras, ni siquiera. Eran demasiado jóvenes para aquellos muchachos que andaban en otras cosas y que las veían como el atrezzo que acompañaba a las chicas mayores. Ellas se rebelaban contra el calendario y querían dejar de tener trece años como fuera. Pero los trece duraron doce meses y, al llegar a los catorce, ellos también habían crecido. Las azoteas, entonces, contuvieron el reguero de lágrimas por los amores perdidos, por las miradas inexistentes, por los besos imposibles, por los vestidos estrenados sin que ese muchacho se diera apenas cuenta. 

Llegó un tiempo en que cada una de ellas hubo de seguir su camino. Las azoteas fueron solo ese sitio en el que se tiende la ropa, y no el paraíso de la soledad o el lugar en el que te secabas el pelo al sol, la larga melena ondulada, los rizos rubios, la rebelde y oscura cabellera o la coqueta silueta bob del pelo por el hombro. Te secabas el pelo al sol, moviéndolo con las manos, y el aire, que es aquí la antesala del viento, lo convertía en una brillante corona sobre la cabeza, en una hermosa forma de culminar el rostro. En ese tiempo nuevo, el secador sustituyó a la azotea y la peluquería a los juegos malabares, de modo que acabaron también las confidencias, los cuentos sobre besos robados, los sueños arrancados a las noches de cine, las pesadillas por un amor fingido, las peleas por la ropa imitada y, cómo no, el desvelo de correr a contar lo que nadie más que ellas podía comprender. Azoteas sin chicas que ríen o que lloran, espacios yermos, templos vacíos. 


En ocasiones ellas vuelven a la azotea. La ven en sus sueños, como si regresaran a Manderley, la imaginan solitaria, cubierta de verdín en el lugar más inclemente, dorada y esplendorosa al borde de la huerta, segura junto a los miradores, abierta al mar y, al tiempo, resguardada como si supiera contener secretos desde los tiempos más lejanos. Y así es. Sueñan con las azoteas perdidas, como si representaran, y quizá lo hacen, el lugar levítico del que se alejaron cuando aún no sabían que marcharse es perderse a sí mismas.

(Fotografías de Nina Leen)

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