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Rosas sobre un campo de lava


(Foto: Cristina Coral) 

"Durante algunos años mantuve una especie de correspondencia con alguien a quien creí inteligente, compasivo y humano. En esa nueva forma de correo que es el electrónico mis cartas se movían continuamente desde el corazón al ordenador, en un bucle continuo. Era muy hermoso pensar cosas, convertirlas en palabras y lanzarlas al aire de mi destinatario. Sabía que me entendía. Entender es algo que todo el mundo busca en otro alguien. Y por eso, quizá, nos confundimos demasiado a menudo, pensamos que está ahí, que lo hemos encontrado, pero, tantas veces erramos como logramos acertar. Yo creí que esa persona tenía todas las cualidades para ponerse en mi lugar. Era capaz de oír sin juzgar, de consolar sin preguntar, de aconsejar sin presumir. Las mañanas del verano, cuando todo está más vacío y la vida se compone de horas más largas, yo me sentaba delante del ordenador, abría mi corazón y lo hacía llegar al otro lado del correo, con la presteza de quien se siente más ligero al soltar la miseria, la tristeza, la desesperanza o el horror. A veces, era la alegría la que traspasaba las teclas blancas. En ocasiones, contaba historias del pasado, deseos del futuro y contratiempos del presente. No era necesario que fueran grandes episodios ni hechos demasiado importantes. Todo lo contrario, era la sencilla vida cotidiana la que fluía entre esas palabras que se enviaban sin esperar a cambio nada más que su lectura, si acaso. 

Una curiosa forma de relación fue así surgiendo. No era amor, no era pasión, no era deseo, no era simple amistad. Era una comunión entre personas que, al parecer, compartían esa clase de complicidad que surge milagrosamente sin tener explicación. Era una suerte que, entre el aluvión de problemas que la vida trae sin que los elijamos, nosotros hubiéramos creado ese oasis en torno a la palabra. Yo sonreía para mí pensando que algunos de esos grandes que tanto admiraba habían tenido esa misma pulsión literaria, esas correspondencias tan creativas y tan llenas de nostalgia, sentimiento y belleza. Podía haberse publicado un libro con las crónicas que enviaba a mi corresponsal. Solo hubo un error y no pudo saberse hasta llegado el momento propicio. Me costó comprenderlo. 

Algunos signos fueron evidenciando que aquello no era el vergel de comprensión que todos esperamos. Otros advirtieron del peligro de confiar en quien no tiene la suficiente fuerza para hacer de los otros un motivo de sorpresa o entusiasmo. También aparecieron síntomas una disparidad de criterios formidable: lo que para mí era vital, interesante y bueno, para la otra persona era aburrido, soso, insoportable incluso. La discrepancia es el terreno en el que se abonan las despedidas. Y las cartas son un motivo de doble dirección. Envidié al darme cuenta de aquello a todas esas personas que mantienen una correspondencia fiel durante años. No fui capaz de verlo antes con mayor claridad y por eso seguramente convertí en drama la pérdida de ese asidero que fue tan fugaz. Cuando las cosas se manifestaron sin ápice de duda, entonces recogí las palabras, las arrojé al fuego de la papelera del ordenador y nunca más dirigí mis pasos hacia esa dirección de correo"

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