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Jimmy


Este hombre es como de la familia. Un pariente lejano que, a su vez, aparece de vez en cuando y trae siempre buenas vibraciones. Alguien de fiar, lo que no es nada fácil de encontrar. Cuando llegó a Washington, como el señor Smith de "Caballero sin espada", empezó a comprender de qué iba este circo. De prebendas, amigos y amigotes. Pero él permaneció de pie, hablando en el Congreso, sin sentarse y sin callarse. Siguió y siguió mientras los espectadores nos preguntábamos si era posible que existiera, en todo el mundo, un hombre justo. He visto esta película de 1939 con jóvenes espectadores y todos ellos han sucumbido al mismo tipo de emoción. Todos han creído que es posible la dignidad en la política y la dignidad en la vida. Aunque la realidad les muestra todos los días ejemplos contrarios, "Caballero sin espada" es una clase práctica de que hubo, alguna vez, un atisbo de esperanza. ¿Quién nos dice que entre nuestros jóvenes muchachos no puede surgir algún sentimiento parecido?


Por mucho que la chica rubia, espléndida y bien vestida, triunfadora en la sociedad, amada por todos, se empeñe en casarse, él valora mucho su libertad y, sobre todo, su trabajo. Recorrer el mundo con una cámara a cuestas, convertirse en los ojos de una  forma de vida diferente. A este hombre no le van las convenciones sociales ni tampoco los engaños de la mente. Pero si ocurre un asesinato, y esto puede pasar siempre en los Hitchcock, entonces la cosa cambia. Incluso cambia la dama, que se convierte, por amor, en una espléndida detective que tiene la belleza de Grace Kelly y la ayuda de Thelma Ritter, sin la cual nadie podría entender algunas tramas. Una ventana puede ser indiscreta pero a veces basta con compartir un secreto para que triunfe el amor. 


A la también rubia Doris pretendían encasillarla en papeles de cantante sonriente, ejecutiva de publicidad, pudorosa chica enamorada de un Rock Hudson impecable, pero ella se negó y entonces fueron al norte de África, ella y Jimmy, y allí perdieron a su hijo, a mano de unos captores sin escrúpulos y con unas contraseñas imposibles. La plaza recuerda a "Casablanca" y ese movimiento de perseguido y perseguidores. Pero hay algo más. Una talentosa explosión de la nueva química, la de la sinceridad y la defensa de la familia en medio de trapicheos inconfesables. Y una canción que es, al fin y al cabo, la clave del desenredo de la madeja. "El hombre que sabía demasiado" no lo sabía todo. 


Es imposible permanecer tranquilo si Lee Remick se sienta a tu lado en un juicio y pretende no sé qué. El abogado es un personaje de película. Las películas de juicios son un género y en él hay verdaderas obras maestras. En todas brillan los miembros de la judicatura, abogados, fiscales o jueces. En algunas, extrañamente, el que destaca es el acusado, inocente o culpable, no viene al caso. Y también existen las películas en las que los protagonistas son los jurados y ahí está el jurado número ocho con su impoluto traje de lino blanco. En "Anatomía de un asesinato", James Stewart, hablo de él naturalmente, nos ofrece una vuelta de tuerca en su habitual semblante tranquilo, irónico, apasionado o curioso. Es, al fin y al cabo, la estampa de un hombre a quien siempre compraríamos, con toda confianza, un coche usado. Alguien de la familia. 

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