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Cuando todo se tiñe de rosa


La prensa del corazón, la llamada también prensa “rosa”, es la gran denostada entre los medios. Siendo el periodismo tan corporativista o más que otras profesiones, no hay piedad para aquellos que, alcachofa en mano, persiguen con denuedo a un famoso de tres al cuarto, a la hija de una tonadillera enclaustrada o a un tronista de evidentes atributos amatorios. El concepto de “personaje” se ha desvirtuado al hilo de este tipo de prensa. Ser “personaje” es un grado inferior al de persona. Todos pueden criticarlo sin medida. Convertirse en “personaje” es, usando un término muy al tono, lo peor

En las tertulias “rosas” se establece un pugilato oculto que, en ocasiones trasciende al exterior, entre periodistas y colaboradores. Los primeros defienden sus años de Facultad, incluso su trayectoria profesional en otro tipo de prensa. Los segundos deben su silla a alguna circunstancia feliz de su biografía (o desgraciada, añado) que los ha catapultado al interés del público. Todo se hace bajo el mantra de la audiencia. La audiencia es soberana, dicen. Le damos al público lo que quieren. Esto tiene una segunda lectura, subterránea, pero evidente si escarbas un poco en la purpurina: la audiencia puede dirigirse, movilizarse, conducirse, a través de muchas estrategias. 

En los magazines televisivos y radiofónicos se distingue muy bien, con espacios horarios diferentes, e incluso, conductores o escenarios distintos, lo que es información “seria”, la mayor parte de ella política y económica, y las noticias del “corazón”. Es verdad que queda un terreno de nadie que se cuela entre visillos, de una forma tangencial, de puntillas: la cultura y el arte. Y, por supuesto, el rey de la información en todos los medios es el deporte. El fútbol ocupa el papel de las contiendas de gladiadores en la antigua Roma o de las ejecuciones a base de guillotina de la Revolución Francesa. En épocas anteriores de nuestra historia se consideraba que era una especie de “opio del pueblo”, pero ha sobrevivido al paso del tiempo y ahora es lo más

Este paisaje, descrito grosso modo (y no “a groso modo”, como se escucha repetidamente en boca de las lumbreras del periodismo), ofrece, sin embargo, algunas zonas intermedias poco definidas, fisuras por las que se escapan informaciones que están en tierra de todos. Uno de los géneros que, sin duda, está en esa zona es el de los “sucesos”. Ya no existe (me parece) aquel famoso periódico que, según una de mis vecinas de la calle de mi infancia, “olía a muerto”, “El Caso”, en el que, entre otros, Margarita Landi fumaba en pipa sobre la tradición española de los asesinos múltiples. Pero no hace falta. En todos los medios el crimen arrambla con un espacio propio y se tiñe de rosa, de negro, de verde y de azul, si hace falta. El asesinato es una distracción patria. Aunque no tenemos entre nuestros escritores ningún maestro indiscutible del género, todos formamos parte de una multitud que desmenuza, hasta límites insospechados, todo aquel suceso en el que haya muertes violentas. 

Cuando algo así ocurre se desdibujan los contornos que separan a los periodistas, informadores, colaboradores, opinadores, expertos y aludidos. Los “expertos” son una nueva fauna mediática a los que se acude cuando se quiere dar una pátina de rigor al tratamiento de uno de estos hechos espeluznantes. Forenses, psiquiatras, policías, psicólogos…algunos de ellos ya en nómina de las empresas, intentan colar algún titular científico entre la maraña de opiniones aventuradas. La mayoría de las veces es inútil. Junto al terreno resbaladizo de los sucesos es el de la economía el que ha llevado a las tertulias a los expertos. Pero los economistas no deberían hacerse demasiadas ilusiones. Los periodistas terminarán sabiendo de todo y entonces ya no serán necesarios. No olvidemos que un presidente del Gobierno aprendió economía en dos tardes…

En un país de intelectuales orgánicos en el que se ponen de moda los temas con la facilidad con la que el algodón de azúcar se convierte en una masa nubosa y comestible, no es difícil de entender que la trivialidad y la superficialidad sean las reinas de la información. 

Rotas las barreras que separan lo importante de lo accesorio, elevados al trono del famoseo personas que en su vida civil no son precisamente ejemplo de nada, quizá los medios sean únicamente el reflejo de una sociedad sin referentes, sin ganas de esforzarse en profundizar en los temas o en los asuntos. Nuestras vidas lo son en función de sus titulares. Si tenemos que explicarnos con algo más que una frase nos sentimos incómodos. Si nuestros líderes no “dan” bien en la televisión o no comunican cuando hablan, registramos una carencia que los invalida. 

Quizá no lo hayamos advertido pero Gran Hermano, Supervivientes o La Casa Fuerte no son únicamente realitys. 





(Portadas de Vogue)

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