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Abuelas


(Simone Signoret)

Una de las abuelas quería ser italiana, aunque era de ascendencia irlandesa. La otra, cuyos bisabuelos sí habían venido de Italia, prefería ser gitana. Pertenecía a una saga de mujeres imponentes, de dueñas de sí mismas, de capataces de la vida y del matrimonio. Se parecía a Simone Signoret, fumaba y bebía martinis sin aceitunas. Siempre vestía de negro, no por ser existencialista sino porque llevaba un luto profundo, un luto total y verdadero. Su hijo mayor había muerto y ella se aferró a ese dolor como a un vestido que te sienta muy bien. El resto del mundo se desdibujó ante sus ojos y se sentó a balancear los pies en una mecedora a la puerta de la casa. Vestida de negro, con un pitillo entre las manos, su vasito y la mirada perdida. No le interesaba ver nada, todo se volvió opaco para ella. Ni siquiera prestaba atención a sus otros hijos ni, luego, a sus nietos. Entrecerraba los ojos y veía hacia dentro, hacia los tiempos felices en los que su hijo lucía airoso un uniforme militar y se movía con gracia al entrar por la puerta. La abrazaba y la levantaba hacia lo alto. Estaba enamorado de la brutal manera en que su madre adoraba todo lo que él hacía. Era la abuela oscura, desconocida, de voz inaudible y ojos sin expresión. Decían que a veces lloraba y se acunaba a sí misma en la mecedora, como si recordara otros tiempos, pero nadie lo vio hacerlo y, al fin y al cabo, solo era una mujer perdida en una historia acabada. Murió tan sola como quiso vivir. 


(Monica Vitti) 

La otra abuela, la de estirpe irlandesa, era una vivaz rubia de ojos grises, ágil, pequeña y fuerte, casi como una atleta. Una Mónica Vitti sin cámaras. Su fortaleza venía de haber sido profundamente amada. Fue la única hija de un matrimonio feliz y ella misma sintió la seguridad que aporta ser lo más importante para alguien. La abuela irlandesa era la envidia de sus amigas porque ninguna tenía un marido tan pendiente, tan atento y sincero en sus afectos. Tenían hijos pero no era lo mismo. Sellaban su amor cada día y parecía imposible para todos. Ella se movía de un lado a otro de la ciudad con una perspicacia asombrosa que los cautivaba, y su bolso negro de charol contenía toda clase de promesas que siempre se cumplían. Cuando nadie leía, ella leía. Cuando nadie luchaba, ella luchaba. Miraba la vida de frente, no se arrepentía de equivocarse y tenía una voz tan atrayente que pudo ser soprano de no haber sido esposa enamorada. Cuando llegaron los tiempos difíciles no se amilanó. Sorteó a la mala gente como hubiera hecho con las hierbas del campo. Defendió su castillo y se asentó en la idea de que la vida tiene un plus de emoción al que no se puede renunciar. Era una imagen alada, una victoria de cualquier samotracia, que tiraba de los suyos como de una tribu desarbolada. Los hijos sabían que la madre era, en esencia, una mujer enamorada y ella lo siguió siendo incluso cuando la nube de maldad que rodeó su vida y la de todos logró arrebatarle al hombre que quería. 

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