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Una terraza frente al mar


(Pintura: Fabrice de Villeneuve)

Teníamos una terraza frente al mar. Un espacio rectangular y luminoso en el que la cortina se balanceaba y movía sus blancos hilos cada vez que el viento la convertía en una sala de baile. La cortina era una franja de pasmosa claridad, que cosí en una de esas tardes de tranquilas horas doradas, y que formaba parte del paisaje, igual que los geranios, las macetas, los toldos y los cristales brillantes y asomados al océano. El tiempo de cada día tenía siempre el movimiento de las olas. El amanecer, con esa pasmosa naturalidad del agua mansa; el mediodía, con las nubes de calor sobre nosotros; la siesta, que guardaba un silencio impenetrable; el crepúsculo, extraño y huidizo; la noche, el momento de los sueños más íntimos, de las charlas más cubiertas de musgo. 

Teníamos una terraza frente al mar. Nos pertenecía su estructura, su suelo brillante y sus laterales plagados de pequeños detalles que venían y formaban parte de un ambiente único. Éramos habitantes privilegiados, personajes verdaderos o ficticios, eso daba igual. Representábamos la función de la gente que sabe qué significa ser feliz y cómo convertirlo en una forma de vida. Teníamos una terraza frente al mar y cultivamos en ella tanta dicha como esperanza. Lo único que no podíamos prever era el azote inmisericorde de aquello que, sin quererlo, terminó convirtiéndola en un terreno árido, con aristas y dolor sin medida. 

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