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La otra Rebeca


Ella era una cinéfila militante. Había nacido en el año cuarenta y eso debió imprimirle carácter. Era la época de las grandes divas y este tema no podía pasar desapercibido para una muchacha que vivía pared con pared con un cine-teatro que ofrecía sueños por poco dinero. Tenía una imaginación a prueba de post-guerra y soñaba con el último actor al que veía en la pantalla grande. Más que soñar, se inventaba una historia completa, al modo clásico, con planteamiento, nudo y desenlace. El desenlace era feliz, salvo en algunos casos en los que se imponía la nostalgia del alejamiento. Concesiones al neorrealismo. Los héroes del cine eran hombres de verdad y no como los que se encontraba en el paseo, por la Alameda, o en las orillas del río. Por cierto, que el río le dio disgustos a menudo, hasta que lo canalizaron y lo convirtieron en un río de mentira, un río sin corriente de agua, una especie de bañera flotante. Un asco. 

Las salas de cine tenían un misterio especial pero también cierto aire clandestino. Por ejemplo, no se podía asistir sola. Ahora es normal encontrarse en ellas a mujeres de todas las edades, a quienes no les importa pedir una sola entrada sin disimulo. Pero en tiempos de su juventud, mediados de la década de los cincuenta, eso era impensable. Estaba muy mal visto y no andaban las reputaciones tan baratas como para perderlas por ver en la pantalla a un señor que, al fin y al cabo, ni siquiera te iba a invitar a un refresco. 

En ocasiones las películas parecían haberse escapado de la censura o el censor estaba echándose una siesta. Las había bastante sugerentes aunque quizá los quince años eran una sugerencia suficiente. A ella le encantaban las de misterio, que hoy llamaríamos thrillers y entonces eran simplemente “de miedo”. Por supuesto que “Rebecca” era su ideal. Sin embargo, notaba a la chica algo paradita, y se preguntaba a sí misma qué hacía una muchacha tan mona con esa ropa tan cursi y esas pocas ganas de achuchar a Laurence. Porque ella y sus amigas llamaban a los actores por su nombre de pila. Incluso creaban diminutos bastante especiales, como llamar a Tyrone Power, Tyrone Povito, así como suena, sin el Tai, ni mucho menos. 



En esas estaba cuando, sin esperárselo, en una de las funciones de andar por casa vio en la pantalla a una Rebeca impresionante, nada de invenciones ni de Manderleys, ni de amas de llaves desquiciadas ni jerseycitos de punto, y se quedó tan impresionada que no entendió por qué aquella muchacha no era una estrella rutilante de las que tienen estrellas en el famoso paseo de las estrellas. Era, nada menos, que Rebeca Iturbide. Por si nunca habéis oído hablar de ella os diré que era una actriz mexicana a quien llamaban “la Vivien Leigh de México” y ella, que era mucho de Vivian Leigh y que, por eso mismo, no soportaba a Leslie Howard y sus ambigüedades en plan Ashley (uno de los manipuladores emocionales más grandes que se han visto), abrazó inmediatamente su causa y creó un club de fans (tal como suena) dedicado a Rebeca Iturbide. 

La primera consecuencia fue que todas las socias se subieron el largo de la falda, comenzaron a usar pantalones y camisas blancas con el cuello a lo Carolina Herrera, sin que Carolina tuviera arte ni parte en el asunto, y, por supuesto, no tuvieron reparos en criticar abiertamente la actitud de sus pretendientes que, como ella decía, “ni tienen conversación ni saben usar los cubiertos de pescado”. 

Para unas chicas de barrio, Rebeca Iturbide y su asombroso ejemplo de mujer cosmopolita e hispana (ambas cosas a la vez no encajaban en los años cincuenta) fue definitiva. Nunca más esperaron a que nadie les pagara la limonada y, más aún, la limonada se convirtió en vermut a pesar de que ojos mal intencionados comenzaron a apodarlas “las modernas”. 


(Fotografías de la actriz Rebeca Iturbide, 1924-2003) 

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