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Esa cosa tan antigua llamada ligue


Pongamos que hablo de una cosa perdida en el tiempo, desconocida para los jóvenes de ahora y que se llamaba "ligue". Aunque pueda parecer que se ubicaba en el tiempo del romanticismo, ese en que los hombres vestían con levita negra y se enamoraban de mujeres imposibles, la cosa es más reciente, casi hasta anteayer. Era una actividad muy común y estaba al alcance de cualquiera. No siempre era posible ligar con el objeto de tus sueños, pero sí ligar en general. Creo que la palabra ya ni se usa siquiera. Estaría mal vista. Indicaría posesión, dependencia, falta de criterio, qué sé yo. Ligar no es cool. Ya no se liga. En todo caso, se encuentran dos personas y deciden construir una relación igualitaria en base a los indicadores personales que se puedan referencias entre unos y otros. ¿Queda claro? Lo de ligar está pasado de moda. 

Dejando establecido que hablo del pleistoceno, es más fácil convenir en que había varios tipos de ligues. Uno de los más extendidos era el ligue "de verano". En verano se ligaba un montón. Solía ser con personas a las que no habías visto en tu vida y que desaparecían con el final de agosto. Eso era emocionante. Recuerdo a un grupo de hermanos que bajaban al sur desde Madrid y que todos los años hacían ronda de ligues entre las chicas. A cada cual le gustaba uno, porque eran diferentes. Más serios, más alegres, más guapos. Los hermanos tenían un éxito despampanante y las muchachas hacían cola para ver quién conseguía llevarse el gato al agua. En una ciudad del interior, donde el veraneo te traía más de un disgusto a costa del calor y de los vinitos del mediodía, también había una saga de niños bien que tenían guasa. Se les reconocía por su aire campechano y sus coches espléndidos. El ligue estaba asegurado con ellos y en esos coches recorrían la zona yendo a todas las ferias habidas y por haber, con las chicas adosadas y todas en estallante alegría. Era una cosa estupefaciente. 

Era un clásico ligar con el hermano de tu amiga o con tu primo. Los primos-ligues eran muy socorridos, estaban a la mano y servían para cualquier momento del año, mejor en vacaciones, porque los primos verdaderamente interesantes eran gente ocupada y no ociosa. Ligar con un primo era muy sencillo y siempre sabías que no llegaría la cosa a nada. Salvo excepciones, claro, pero eran eso, rarezas. Lo de los hermanos de los amigos solía funcionar pero el divorcio arrasó con muchos de estos. Una cosa tan sencilla y tan poco apasionada no era lógico que fuera duradera. Claro que el divorcio arrasó con casi todo, hay que decirlo. 

Los mejores ligues eran aquellos entre gente muy desigual. Gente que, en ningún otro caso, podría haberse encontrado o conocido. Un viaje, un congreso, unas jornadas, una visita a un museo, una discoteca, un algo esporádico, circunstancial. Porque el ligue se basaba en una circunstancia única y su verdadera esencia estaba en la inmediatez del comienzo y en la rapidez del final. Si la cosa se alargaba ya no era un ligue, era un coñazo.

Las que hemos sido cum laude en esto del ligue tenemos un problema. Nadie nos cree ahora. Nadie puede imaginarse que eso existiera tal cual. Quedamos como unos relatores de batallitas imposibles. ¿Quién puede creer que te asaltara un joven apuesto por la calle para invitarte a un café? ¿Y que en las Ramblas de Barcelona un chaval muy moreno, creo que era negro, quisiera llevarte contigo a su presunto harén? ¿Y que saltaras por el balcón de tus tíos para ir a la feria de Guarromán con un guapo farmacéutico? ¿Y que contemplaras un eclipse de sol en la playa de La Barrosa con un tipo metro ochenta, ojos verdes y manos movedizas? Mentiras y más mentiras, te dirá cualquiera. 

Ya no existen los ligues, ni el ligar. Lo políticamente correcto ha acabado con las aventuras. Las enfermedades, los prejuicios, el ensimismamiento colectivo, ha terminado con la euforia de los descubrimientos. La seducción está en horas bajas, mal vista y muy criticada. Teniendo esto en cuenta casi la mitad de las películas del cine no se habrían rodado, no tendrían nada que contar. En realidad, ahora mismo son arqueología. Somos tan formales, iguales y concienciados que esta sarta de estupideces compromete nuestra importancia. Somos unos cracks. Pero aburridos como ostras, eso sí. 

(Foto: Andy García, quién mejor) 

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