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Enrique, en su baile


Enrique era el hijo de Manolita, el hermano de Paqui, y paseaba por la calle con la apostura de un artista de cine. Se sabía todas las historias, conocía a todo el mundo, sonreía con una sonrisa llena de esperanzas y hacía algo que nadie más lograba hacer como él: bailar. Era el mejor bailarín de todos aquellos días, de todos aquellos tiempos. Han pasado tantos años desde que Enrique era un adolescente que aprendió muchas otras cosas. A ser un trabajador responsable, un buen hijo, un marido amoroso y un padre lleno de caricias. Pero entonces era un muchacho tan alegre como las circunstancias permitían, tan conquistador que todas las chicas querían conocerlo y tan hermoso por dentro y por fuera que nada podía detener su energía, su fantástica energía. 

Enrique acaba de morir de esa enfermedad maldita cuyo nombre no queremos escribir. No lo imagino de otra forma que en un inmenso esfuerzo último porque la vida siguiera teniendo sentido para él y para las cosas que amaba. Enrique era un aventurero que llenó la existencia de los otros con una clase de esplendor que poca gente sabe conseguir. Por eso bailaba tan bien. Por eso se movía al son de la música en los bailes del patio de mi casa y lograba que todas las muchachas suspiraran por él, al ritmo de las coplas de moda. Enrique se ha ido y ahora no recuerdo cuál era su canción favorita, cómo era su rostro estos últimos años, qué clase de sentimiento es este de ahora, este dolor profundo, este llanto, esta pérdida que no sé cómo nombrar.

(foto: Inge Morath, en el Danubio)

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