Barcelona y Esteban


En las tiendas de segunda mano de Barcelona encontré esa falda de flores, que se abría como un pañal y que se movía al andar como si yo fuera una chica brasileña. Y me coloqué ese día un pañuelo portugués a modo de blusa, sin sujetador ni nada parecido, porque para eso era joven y podía hacerlo. Y las esparteñas negras con flores, que se esconden en el suelo, con ese césped tan poco agradable de la foto. Y allí estaba Esteban, con nuestra pequeña primita, uno de esos veranos en las que recorría España a conocer a toda esa familia que andaba desperdigada. Ahora Esteban se llama Esteve, ha reivindicado los apellidos catalanes de su padre, que son un montón, y tiene banderas esteladas en todas sus redes sociales, así como si nada. Pero entonces era un chaval maravilloso, lleno de ingenio y de gracia, de sentido del humor, de perfecto slapstick de comedia. Los espías nos vigilaban y nos partíamos de risa. Y yo colocaba lazos rojos en la melena, para convertirla en esas coletas rubias que danzaban al tiempo que nosotros. 

(Foto: M. Lobato. Barcelona)

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