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Mostrando entradas de marzo, 2020

Con música de fado

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Volamos. A través de las ventanillas del coche (de un azul oscuro, casi noche), veíamos los olivos del Aljarafe que se quedaban atrás, cruzamos la frontera, entramos cerca de la costa, visitamos Tavira, comimos en Praia Verde y, a la caída de la tarde, llegamos a nuestro destino, confiados, felices, juntos. La visita al mercado por la mañana trajo la primera pelea (qué sería de aquellas horas sin nuestras discusiones por todas y cada una de las tonterías del mundo) y luego comimos langosta y cenamos en Faro y compramos cosas que para nada servían, salvo para mirarlas ahora y recordarte. Los años felices nunca deberían convertirse en vacío sino rellenar para siempre cada hueco de tu vida. En eso tú eras un maestro. Al otro lado de la foto, ahí estabas entonces. Me gustaría verte. De qué forma me mirabas al captar la instantánea. Pero ya no es posible. Aunque te quiero.  (Foto: Antonio Mesa. Armaçao da Pera. Algarve. Portugal)

Barcelona y Esteban

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En las tiendas de segunda mano de Barcelona encontré esa falda de flores, que se abría como un pañal y que se movía al andar como si yo fuera una chica brasileña. Y me coloqué ese día un pañuelo portugués a modo de blusa, sin sujetador ni nada parecido, porque para eso era joven y podía hacerlo. Y las esparteñas negras con flores, que se esconden en el suelo, con ese césped tan poco agradable de la foto. Y allí estaba Esteban, con nuestra pequeña primita, uno de esos veranos en las que recorría España a conocer a toda esa familia que andaba desperdigada. Ahora Esteban se llama Esteve, ha reivindicado los apellidos catalanes de su padre, que son un montón, y tiene banderas esteladas en todas sus redes sociales, así como si nada. Pero entonces era un chaval maravilloso, lleno de ingenio y de gracia, de sentido del humor, de perfecto slapstick de comedia. Los espías nos vigilaban y nos partíamos de risa. Y yo colocaba lazos rojos en la melena, para convertirla en esas coletas rubias

Esperándote

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Yo te quería tanto, tantísimo, era un amor tan grande, como grande fue el desengaño ante una traición que quizá no entendiste como tal, pero que lo era. Yo te quería tantísimo que esperaba continuamente algún milagro, algo que encajara, que volvieras, que estuvieras, que fueras. Y, al principio, fue así. O quizá siempre fue así y yo no supe verlo. No se deberían tener veinte años y tirar por la borda el amor simplemente porque alguien te susurra al oído una confidencia que debió haberse callado. Tiempo después, lo recuerdo, volvimos a encontrarnos y tú conservabas exactamente la misma extraordinaria mirada color verde, y esa sonrisa blanca, con una boca que debería ser besada sin parar. Estabas allí, nos miramos y no hubo forma de desatar el nudo, porque ninguno de los dos, yo menos que nada, entendimos que había que luchar, que todo no vendría dado. Fui yo la que desaté la cinta que nos unía junto a aquel mar de ensueño, fui yo y lo recuerdo sin perdón. Te he perdonado a ti, qué

Una casa en la montaña

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El lazo era celeste y celeste el jersey y blanca la camisa. Y el pelo rizado, en una de las ocasiones en que el viento hacía de las suyas, y el flequillo se movía a su ritmo, sin nada que pudiera detenerlo. Y entonces surgía la sonrisa y el flash del fotógrafo se conmovía sin darse cuenta de que no era oro todo lo que reluce. Cuántos errores se cometen sin saber que luego no hay salida...Aquellos años estaban cubiertos por la pátina de la amistad. Los amigos nos recibían en sus casas, nos llamaban por teléfono, nos escribían alegres cartas, venían a vernos. Todos los amigos tenían cosas que contar, fotografías que enseñar y aventuras por relatar. Los escuchábamos y hacíamos que ellos entendieran que eso era parte de vivir entonces. Pero era él. Él obraba el milagro. Conocía exactamente la forma de perpetuar las relaciones, de hacerse imprescindible, de intercambiar la vida a sorbos. Sabía hacerlo y yo, en lugar de aprenderlo, huí en cuanto pude. No se puede cambiar el destino o qui

Ronda, con ropa prestada

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Algunas ciudades nos conquistan para siempre y esta es una de ellas. Se trata de Ronda, a la que conozco muy bien porque tuve la suerte de pasar en ella quince días, cuando tenía quince años, y fui allí de monitora a un campamento de chicas. Fueron días espléndidos, a la sombra del Hogar Santa Teresa, con vistas al Tajo, con compañeras que eran una delicia, gente guapa y marchosa, y también con niñas musulmanas que me intentaron enseñar a bailar la danza del vientre. Con una de ellas, Malika, me estuve escribiendo mucho tiempo, pero perdí su dirección y me cambié de casa, de modo que perdimos el contacto. Cómo será ahora, cómo estará, por dónde andará. Los días y las noches en aquel sitio eran espectaculares. Recorríamos la ciudad entera, era agosto y hacía calor, pero nos pegábamos a las paredes de piedra para absorber el fresco. Lo conocíamos todo, lo visitamos todo, el parque, las iglesias, las calles, las obras de arte, todo lo que se puede conocer y amar. Era un sueño hecho re

Descalza por el parque

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No recuerdo quién me hizo la foto, pero sí el sitio, el Parque de María Luisa de Sevilla, mañana de verano, a punto de que estallara el calor y nos obligara a volvernos a casa. Quién sería, me pregunto. No me suena ningún amante a tiempo parcial, ningún enamorado a tiempo completo. No me suenan los nombres y tengo duda pero sé que ese día era feliz. La sonrisa es de ser feliz y los ojos entornados también. Solo cuando uno es feliz puede entornar los ojos de esa forma. Recuerdo con detalle el vestido. Era una tela de esas que llaman denim, aunque negra y no azul. Llevaba delante unos pequeños bordados, como puede verse. Y la parte de abajo hacía un volante discreto. Las zapatillas apenas se ven, pero las había comprado en Madrid, en la calle del Carmen, en una zapatería a la última moda, y se ataban con cintas. Fui la primera que llevó estas zapatillas a mi pueblo, a mi ciudad, más bien, y todas las amigas y las enemigas querían llevarlas. Y llevaba un pequeño collar al cuello. De é

Los días más frívolos

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A veces es difícil enhebrar las agujas. Se descose el vestido. Se hace largo y se pasa de moda. Por mucho que quieras adornarlo con puntillas, adornos y otro tinte, el tiempo lo ha convertido en pasado, y el pasado no vuelve. Entonces miras a lo lejos y esperas que las cosas se ajusten y que todo se convierta en un nuevo cauce, algo en lo que reparar sin ganas o sin vuelta. La mano pensativa. Los ojos ocultos tras las gafas. El pequeño reloj, que fue un regalo. El lugar lleno de gente y la tarde cayendo en la ciudad del mar y vacaciones. La piel tersa, la juventud completa, los pendientes de cristal, el pelo cayendo sin pensarlo siquiera. Esos días de Sanlúcar, esas tardes de helado y de conversaciones, esas noches de inocente locura, esos amaneceres. Sanlúcar en un sueño, en una espera, allá quedó, tan lejos, tan enorme y ansiado.  (Foto: Luis de la Rosa. Sanlúcar de Barrameda. Cádiz) 

Un paraíso en el sur de Francia

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El mes de septiembre es para vivir junto a viñedos, aspirando el tierno sabor de la planta crecida, tomando helados en una mansión del siglo XV y sentados en un café cualquiera de Uzés. Es entonces cuando le tomas la medida a la vida, cuando entiendes que hay sensaciones que bien merecen lágrimas futuras. Es entonces cuando tu sonrisa lo dice todo, cuando has conocido la alegría de vivir de la que hablan los poetas. El sur de Francia es el telón de fondo de toda la poesía. Sus ciudades, sus carreteras, aquellos amigos, los muros del liceo, las comidas escasas, los puestos de la calle, las librerías tan llenas, todo es un santo y seña de la felicidad y del disfrute más profundo. Qué dulces pasaron esas horas, qué tiernas las miradas, qué llenas de pasión las esperanzas, qué grande todo, qué especial sin que entonces supieras que era efímero, porque los lazos del amor, a veces, son demasiado fáciles de desatar... (Foto: Manuel Litrán. Nîmes. Provenza. Francia)

A tu orilla

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El viento no era nuestro enemigo. Ninguno de ellos, ni el levante, ni el poniente, ni el sur, podía evitar que recorriéramos con ansia cualquiera de esos caminos que antes otros habían trillado pero que, para nosotros, eran nuevos. Las ciudades, los pueblos, las orillas de las playas, las plazas de las ciudades, las calles de los pueblos, los puertos, los atajos, las cordilleras, el monte, el campo. Siempre buscabas campo porque decías que aquí no había, que solo eran pequeños matojos, yerba, setos, nada de verdadero campo, el campo salvaje, virgen, de tu tierra. En tu pequeño pueblo, tan desconocido para todos, el campo era el punto y aparte de las cosas. Como si fueras irlandés y hubieras nacido en una granja. Entonces yo no lo sabía, pero serían los hombres de campo los que escribirían gran parte de mi historia. El viento no era nuestro enemigo y corríamos adonde podíamos amarnos sin reservas, sin testigos, sin vecinos ni voces. Aquellos días inmaculados, verdes, dorados y lleno

Aquellos ojos verdes

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No diré su nombre por prudencia y porque los nombres, al fin y al cabo, importan poco. La esencia, las horas, los sonidos y las voces, todas esas cosas que no admiten reserva, están depositadas allá donde la memoria no puede hallar batalla. Días gloriosos que tenían siempre una explicación. Los tiempos en los que el verano iba abriéndose paso entre el gozo y la duda, siempre ardiente, siempre insatisfecha, siempre en brazos del amor que no acababa nunca. Si la vida se viviera del revés hubiera sabido entonces que era él, él quien habría de llegar para quedarse. Pero la juventud tiene la mala costumbre de convertir una tontería en categoría, y un desliz en causa común. Ahí, en ese momento, sin embargo, falda de rayas celestes, camiseta a juego, sandalias de piel y ese bolso azul inseparable, ahí, en ese momento, todavía el sueño era posible, todavía aquellos ojos verdes convertían el objetivo de la cámara en una canción que hablaba de deseo, de enorme deseo satisfecho y por venir. E

Las islas lejanas

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Éramos un ejército sin pretensiones de batalla. Ese verano, el último de un tiempo que nos había hechizado, tuvimos que explorar todas las tempestades, cruzar todas las puertas, airear las ventanas. Mirábamos al futuro y cada uno guardaba dentro de sí el nombre de su esperanza. Teníamos la ambición de vivir, que no era poco. Y algunos, pensábamos cruzar la frontera del mar, dejar atrás los esteros y las noches en la Plaza del Rey, pasear por otros entornos y levantarnos sin dar explicaciones. Fuimos un grupo durante aquellos meses y convertimos en fotografía nuestros paisajes. Los vestidos, el pelo largo y liso, la blusa, con adornos amarillos, el azul, todo azul, de aquel nuestro horizonte. Teníamos la esperanza y no pensamos nunca que fuera a perderse en cualquier recodo de aquel porvenir. Esa es la sonrisa del adiós y la mirada de quien sabe que ya nunca nada se escribirá con las mismas palabras.  (Foto: Manuel Amaya. San Fernando. Cádiz)

Hollywood sobre Hollywood

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Esta es una de las mejores interpretaciones de Kirk Douglas y, para mí, la mejor de todas las de Lana Turner, actriz demasiado fría y demasiado supuesta, sabihonda, estirada. Aquí basta con observar su mirada para caer en la cuenta de lo que supone el deslumbramiento. Literalmente cae a los pies de un tipo encantador, vital, guapo y ocurrente, pero, por desgracia, egoísta y manipulador. Entre las películas que muestran lo que es el cine por dentro, al menos el cine de los años cincuenta, esta es, junto con "Eva al desnudo", la mejor. Si en esta se desmenuzaba la tiranía de la edad en las actrices, aquí puede verse en todo su detalle la manera en que algunos desaprensivos, dotados de cualidades que deberían servir para lo bueno y no para lo malo, utilizan a la gente para conseguir sus fines. Aparte del contexto cinematográfico, la historia del individuo malvado pero muy inteligente, que abusa de su poder de seducción para lograr sus fines, sin pararse a pensar en qué consec

"Hechos poco fieles" de Lena Andersson

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(Irving Penn. 1917-2009. My parisian life)  Esta fotografía de Irving Penn le viene muy bien a este libro, "Hechos poco fieles", de Lena Andersson. Leí de la misma autora "Apropiación indebida", subtitulada como "una novela sobre el amor". Los dos libros hablan de cierta clase de amor. Amor entre comillas, desde luego. La imagen, con esa mujer que mira al frente, sin posar su vista en el acompañante, el gesto displicente del hombre, la huida de toda compostura de ella (está a punto de quitarse del todo los zapatos) y esa nota de perplejidad que proporciona el gesto de la mano, llevándose el collar a la boca, todo sirve para ilustrar esa clase de amor de la que escribe Andersson.  Qué poco casa la elegancia de ella con ese sitio inmundo, de azulejos sucios, mesa vieja, silla ridícula y botella de vino de la casa, sin marca ni glamour. Es como si se hubiera arreglado con detalle para algo que no va a llegar nunca, porque no existe. Muchas muj

No tan felices

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Luke Kelly, Edna O'Brien & John Minihan at Minihan's 1972 exhibition in Royal Court Theatre, Camden El tercer libro de la trilogía "Las chicas de campo" es el más pesimista, el más decadente, el más angustioso. Ella lo explica así: “La novela “Chicas felizmente casadas” gestada en aquel período de frenesí, marcó para algunos una ruptura con respecto al tono lírico y centelleante de mis anteriores trabajos” Y su título expresa una irónica postura ante la vida, el reclamo de la desolación. Las conclusiones que Edna O´Brien ofrece no son agradables. En el fondo, viene a decir, nunca vamos a encontrar la felicidad, esta no existe, todo lo más un engaño tras otro. Quizá sea interesante dejar claro que en estos años ella misma estaba divorciándose de su marido y que ese divorcio fue complicado. La custodia de los hijos estaba en juego. Y, desde ese momento, ella tuvo que formarse una nueva vida. Da la sensación de que con la trilogía cierra un capítulo no solo

Moda femenina en la época de Jane Austen

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Jane Austen  vivió entre 1775 y 1817, el período histórico conocido como “época georgiana”. Se dio la circunstancia de que, entre 1811 y 1820, precisamente el período en el que  Austen publica sus novelas, el rey George III tuvo que ceder el trono al Príncipe de Gales, luego George IV. Ese período se conoce como “la Regencia”. Los personajes de las novelas de  Jane Austen  visten de acuerdo con la “moda Regencia”. Era una moda que venía, como es natural, de Francia y que, cuando se cortaron los lazos entre ambos países, quedó desprovista de las innovaciones del país vecino, en una especie de prolongación artificial de las tendencias.  En  “Emma” , por ejemplo, novela que podemos tomar como referencia para ver el arreglo femenino, solamente hay cuatro alusiones al look de una mujer. La primera de ellas es la referida a los botines de cordones que Emma rompe adrede para obligar al señor Elton a que las invite, a ella y a Harriet, a entrar en la casa vicarial. Los  botine

¿Puede haber belleza sin ingenio?

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Jane Austen prefería las personas agradables y distinguidas a las simplemente guapas. Una chica podía ser guapa y, al mismo tiempo, no saber sentarse, carecer de ingenio o tener en la cabeza más pájaros de la cuenta. En Orgullo y prejuicio Lydia Bennet es el ejemplo de la belleza hueca. Creo que Austen entendía que ser guapa era un atributo natural y, en cambio, ser agradable o distinguida tenía más que ver con una actitud, con la voluntad. De ser así, eso sería un gran activo para todos.  En sus novelas no suele hacer descripciones físicas de los personajes, más allá de algunas pinceladas. Sabemos que Elizabeth Bennet tenía la expresión ingeniosa y unos ojos interesantes. O que Marianne Dashwood poseía una bonita voz cuando recitaba a Shakespeare. Y que Jane Fairfax tenía una figura elegante y una piel sedosa. Solamente con Emma hace una excepción, pues comienza definiéndola: “Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía re

De cómo el señor Darcy rechaza a Elizabeth

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El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían

Imperdonable

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Aquel hombre tenía cierto atractivo. Al menos, al principio. Era un atractivo aparente, desde luego. Si se escarbaba en el interior aparecían las cenizas. Pero la gente normal se deja engañar con mucha facilidad. Basta con que alguien se crea importante para que los demás también lo creamos. Basta con que un hombre se considere a sí mismo una persona de interés, para que todos acudamos en tropel a interesarnos. No sé qué dice la psicología de esto, ni siquiera sé si dice algo, pero debería. Hay personas que están tan equivocadas consigo misma como con los demás. Y no tiene remedio. No hay terapias ni curas. Es, sencillamente, un sector de la población que, si te lo encuentras de lejos, puede hacerte gracia. Pero, ay, como se entrometa en tu destino… De modo que ese hombre parecía agradable, incluso en ocasiones, generoso. También podía resultar entretenido, podía reírse y contar cosas acerca de los demás que te divirtieran. Aunque solía reírse de sí mismo nunca lo hacía en

Edna O'Brien: del campo a la ciudad

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              Conocemos escasos datos de la familia de Edna O´Brien. Y ello no deja de ser algo curioso si se tiene en cuenta que escribió sus Memorias. Tuvo dos hermanas y un hermano, los tres mayores que ella. Pero los menciona apenas y se refiere con bastante más detalle a sus perros, al jardín de su casa, a los campos que la rodeaban y al chico que ayudaba en las faenas. Las referencias a su padre oscilan entre la compasión por la miserable vida que llevó y el terror por su alcoholismo, que convertía en un infierno la convivencia familiar y a su madre en una víctima. “Su madre era muy religiosa y mojigata, como tantas irlandesas de la época”  Más que mojigata, que es un adjetivo simpático y suave, era una mujer fanática, obsesionada con el pecado, a la que la religión tenía en una especie de cárcel interior.  La vida en la granja era muy difícil como la de todos los campesinos de la época y la zona. Dedicarse a leer libros y emborronar cuartillas estaba considerado casi