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El reencuentro



(Retrato de Beatrice Violet Wyndham, Lady Leconfield, por Philip de László, 1869-1937)

Nadie le hubiera vaticinado a Anne Elliot que, después de renunciar al amor de Frederick Wentworth este iba a volver a aparecer en su vida. Pero el fluir de la vida así lo quiso, dando a Anne una segunda oportunidad. A partir de ese momento tuvieron que volver a tratarse, pues pertenecían al mismo reducido grupo social, en un entorno campestre en el que poco hay para distraerse sino las visitas. Sin embargo, las cosas no fueron como antes. Y esa es una certeza que a Anne le resulta dolorosa. No sabemos los sentimientos de él, porque la escritora no habla desde su punto de vista. Sin embargo, desde el principio se desliza una esperanza: 

"Estaba por ver si los sentimientos de otro tiempo habrían de renacer. Era indudable que ninguno de los dos había olvidado el pasado...y aunque no le temblaba la voz (a él) ni tenía Anne motivo para suponer que al hablar la mirase de una manera significativa, conocía de sobra su modo de pensar como para juzgar imposible el que no lo acecharan los mismos recuerdos y pensamientos, pero estaba muy lejos de presumir que despertaran en él la misma pena" 

En los tiempos pasados, ambos mantuvieron una idílica relación, dos almas que se encuentran y se entienden. Sin embargo, quizá Frederick no ha perdonado el abandono y ella se siente confundida pues no esperaba volver a verle. 

"No hablaron de cosas íntimas; lo que en tiempos lo había sido todo para ellos, ahora no era nada"

Esta es una frase definitiva. Los afectos que se pierden por alguna circunstancia y de los que queda un poso que no puede borrarse aunque una quiera. Esos afectos reverdecen y entonces surgen de nuevo, aunque de otro modo. En esos momentos iniciales, Anne Elliot no tenía ni idea de qué podía llegar a ocurrir con el capitán Wentworth pero sí estaba atenta a lo que su propio corazón le dictaba.

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