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Cuaderno de guardia


Desapareció de la calle de al lado ese comercio en el que vendían libretas, cuadernos y otros útiles de escritura. Había también cartulinas, papel de seda, papel de charol, carpetas para dibujo, blocs, rotuladores, incluso mochilas y separadores. Cerró hace un par de meses, supongo que por falta de ventas. Cuando lo abrieron comencé a frecuentarlo teniendo en mi cabeza la idea de que cerraría pronto y no me equivoqué. El bar que abrirán en su lugar durará hasta que los parroquianos se cansen, pero esto no es factible. En realidad, está rodeado de bares. Todos los pequeños comercios se han ido transformando en bares o cafeterías o restaurantes. Solo quedan ellos, en una continuidad de veladores, mesas altas, ruido mañanero y noches de copa y conversación. Gastrobares y bares inundan la avenida. La librería cerró, la tienda de decoración cerró, la papelería cerró y, lo último, este almacén de cosas de escribir ingeniosas y divertidas. Ahora no sé dónde comprarlas. 

Algunas de las estanterías están llenas de esos cuadernos. Siempre hay uno de guardia. Permanece con su página blanca abierta, a la espera, sin hacer ruido ni reclamar nada. Está pendiente de que haya algo que anotar, una idea fantástica, una cita, un deseo, un desahogo, un algo. Recoge lo que se escribe sin discriminación alguna. Incluso listas absurdas de cosas que nunca se completan. Cuando se acaban, van a las estanterías y de allí surgen alguna que otra vez, porque hay que consultar algo o buscar alguna anotación. La mayoría de las veces esa búsqueda no tiene éxito. Es imposible hallar lo que se busca. Pero no importa. Cumplen su función de recibir la escritura del día, acompañan y son fieles contenedores de cosas que, en otro lugar, no tendrían sentido. 

Un cuaderno es como un pañuelo que recoge las lágrimas de los días amargos, en los que esas lágrimas se mezclan con palabras y frases. Es una especie de vigía que guarda, hasta que quieras usarlo, algunas ideas que, de otro modo, perecerían en el olvido. También tiene su gracia cuando te desahogas con él y escribes, en plan destroyer, algunas palabras fuertes que no dirías a nadie en persona. Los insultos sientan bien cuando estás triste. Y, en las mejores horas, cuando la imaginación se alía con la inspiración y el trabajo, entonces surge un texto entero que llena el cuaderno de sentido. Esto sí, parece decir, ya era tiempo, ya lo necesitaba. Todos esos cuadernos, todas las cosas, quizá basura para quien no los entienda o no sepa qué significan. En todo caso, vida, pensamiento, casi todo.

En un cuaderno como estos, en varios, escribí mi novela. Y también el ensayo sobre O`Brien. Y los textos de Austen. Y los libros de flamenco. Todo está repartido, como si fuera una cosecha que se ha quedado por el suelo, entre esos cuadernos de colores lisos, de pastas brillantes, de motivos alegres. Algunos de ellos vienen de muy lejos, de museos, de bibliotecas, de países diferentes. Todos tienen algo en común. Permanecen alerta, son páginas en blanco para llenar cuando no hacerlo es dar la espalda a las cosas. 

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