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Amigas


(Foto de Nina Leen para Life)

Uno de los temas recurrentes en las obras de Jane Austen es la relación amistosa entre mujeres, en concreto, entre las jóvenes protagonistas y otras jóvenes de edades parecidas. En el caso de “Emma” estas relaciones pueden analizarse a través de dos casos, bien distintos, pero de los que podemos extraer conclusiones interesantes. Se trata de la amistad con Harriet Smith, por un lado, y con Jane Fairfax, por otro.

La primera cuestión que tenemos que destacar es que, en ninguno de los casos, hablamos de amistad entre iguales. La diferencia social que hay entre Emma y las otras dos muchachas es notoria. Se trata, pues, de relaciones asimétricas, pues la única mujer que en la novela puede mantener una relación de igual a igual con ella, por su posición, es su hermana, Isabella, pero el interés que dicha relación tiene en la historia es muy escaso, todo lo contrario que ocurre en otras obras de Austen, como “Sentido y sensibilidad”, donde las hermanas Elinor y Marianne son el eje de la novela o “Orgullo y Prejuicio” en el que hay varios núcleos de hermanas, el principal de todos las Bennett, pero también otros secundarios, como las hermanas Bingley o las hermanas Lucas.

En lo que respecta a Harriet Smith la asimetría de la relación y el propio carácter de la muchacha, a la par que tres o cuatro años de diferencia de edad con Emma, dan lugar a que nuestra protagonista desempeñe un inusual papel de Pigmalión. Ella toma para sí la obligación de educar en todos los aspectos posibles a Harriet. Educación social y, sobre todo, sentimental. Una educación destinada, casi en exclusiva, a que Harriet escoja adecuadamente sus amistades y, sobre todo, su futuro marido. Se da la circunstancia de que Harriet Smith es hija natural de no se sabe quién. Se ha criado en un internado de tipo medio y está pensionada por alguien que se desconoce. La imaginación de Emma, o su deseo, atribuye el rango de caballero a su padre, pero nada de esto se sabe de cierto, ni tiene mayor importancia en el desarrollo argumental de la novela, salvo para indicarnos que Emma no tiene prejuicio alguno en tratarse con una chica tan evidentemente inferior según los parámetros de la época.

Emma acoge en su círculo a Harriet, la presenta a sus amigos, la ayuda a que mejore en todos los aspectos, la recibe en su casa como a una querida amiga y !ay!, a los ojos del señor Knigthley, comete el imperdonable error de llenarle la cabeza de pajaritos y, sobre todo de influir en ella para que rechace las pretensiones amatorias del señor Martin, un honrado aparcero que le declara sus honestas intenciones de matrimonio al principio de la novela. Según las cábalas de Emma el señor Martin es poca cosa para Harriet ya que supone que es hija de un caballero y Martin es solamente un granjero, honrado y con posibles, sí, pero de una clase social que haría imposible que ambas mantuvieran su amistad una vez casados.

Y aquí aparece un aspecto del carácter de Emma que no debemos dejar pasar, si queremos ser un poquito objetivos. Su egoísmo. Emma necesita distracciones, porque, en el entorno rural que vive, no hay demasiadas. Y ello a pesar de que ella disfruta, como diría la querida señorita Marple, de la observación de los caracteres. Pero, a veces, eso no es suficiente ni incluso para alguien tan perspicaz como Emma. Por eso, cuando su institutriz, la señorita Taylor, pasa a convertirse en la señora Weston, Emma vuelve los ojos a su alrededor y se encuentra con Harriet Smith, una especie de pajarito ingenuo necesitado de dirección. O, al menos, eso piensa Emma. Trasplantada a su mundo artificialmente, Emma maniobrará con la vida de Harriet durante toda la novela, con la mejor intención sí, pero también de un modo entrometido y poco sensato. Por eso le dice el señor Knightley:

“-Siempre he pensado que la vuestra es una amistad ridícula, aunque me lo haya callado; pero ahora me doy cuenta de que va a ser una verdadera desgracia para Harriet. La atolondrarás de tal manera con unas ideas sobre lo bella que es y lo mucho a que puede aspirar, que en muy poco tiempo nadie de su entorno le parecerá merecedor de ella. Y la vanidad en una mente torpe produce toda clase de desastres...”

El sentido común de George Knightley, patente en toda la novela, se revela aquí como privilegiado, pues, además, ha de contradecir a su “queridísima Emma” como él la llama, en su interior, primero, y abiertamente después. Pero la evidencia del error que comete Harriet al rechazar al señor Martin es tan clara que no duda en hablar a Emma en términos muy duros:

“-Te doy mi palabra, Emma, de que oírte abusar de esa inteligencia que tienes casi me basta para pensar lo mismo (es decir, que los hombres solamente quieren en una mujer belleza y buen carácter, como ella había afirmado en la discusión, ponderando así las virtudes de Harriet). Mejor no tener inteligencia que desperdiciarla de esa forma. “

La ocasión en la que Emma entiende con claridad que llenar de pajaritos la cabeza de Harriet es hacerle un flaco favor a su amiga es aquella en la que la propia Harriet osa poner sus ojos en el hombre más importante, superior e inteligente de todos, es decir, el propio señor Knigthley. Entonces Emma se revolverá contra la idea, ofreciéndonos dos aspectos nada desdeñables. La primera es que su amor por el señor Knightley, en realidad, era cosa que anidaba en su corazón desde siempre y la segunda es que su egoísmo al usar a Harriet para entretenerse solamente cede cuando tiene otra ocupación mayor, esto es, amar y ser amada.

El caso de Jane Fairfax es muy distinto. “...era huérfana, era hija única de la hija menor de la señora Bates. El matrimonio del teniente Fairfax, del ....Regimiento de Infantería con la señorita Jane Bates había tenido sus días de gloria y placer, de esperanza y beneficio; pero ya no quedaba nada de todo aquellos, más que el recuerdo melancólico de su muerte en acto de servicio en el extranjero, de su viuda consumida hasta la muerte por la pena poco después, y esta niña”

Jane Fairfax no se cría en Highbury, aunque a él pertenece su familia y en él viven su abuela y su tía soltera, hermana de su madre, la señorita Bates, simple e ingenua. Pasa su infancia y juventud con un amigo de su padre, el coronel Campbell, que la cría como a una hija junto a la suya propia. Por lo tanto, el modelo educativo de Jane está a la altura del mejor. Así, aprende todos los principios y enseñanzas que poseían, en ese tiempo, las señoritas de la clase cultivada. Sin embargo su situación personal va a impedirle que pueda vivir sin trabajar y por ello deberá buscarse una ocupación decente cuanto antes. Llegados los veintiún años, la misma edad de Emma, Jane Fairfax tiene que empezar a trabajar de institutriz en una buena casa, que es la ocupación más acorde con su educación y sus expectativas.

¿Por qué Emma, tan compasiva y considerada con Harriet Smith, siente resquemor, fastidio y hartura ante Jane Fairfax y todo lo que atañe a la joven? ¿Puede ser por contrastar con la pesadez y aburrida letanía de alabanzas que le dedica su propia tía, la señorita Bates, para quien Jane lo hace todo bien? ¿Puede ser porque Jane, aún siendo pobre, es elegante, fina, discreta, educada y, efectivamente, lo hace todo bien? !Qué subidón siente, por contra, Emma, cuando el señor Knigthley desmiente tajantemente las insinuaciones acerca de su interés amoroso sobre Jane al dejarle claro que nunca querría a una mujer carente de alegría!

Hay una escena que ilustra enormemente esta situación de antagonismo que existe entre las dos. Como la novela se escribe desde el pensamiento de Emma y lo que vemos es lo que Emma siente, no lo que sienten los demás, salvo que lo expresen, no podemos adentrarnos en la antipatía o simpatía que Jane pueda tener hacia ella. Pero sí vemos en la escena del piano que a Emma le cuesta soportar de buen grado el desvelo del señor Knigthley por la salud de Jane, haciendo que toque lo imprescindible, o el interés de todos por oírla al piano, o los elogios que suscita su ejecución.

En esto, Emma es muy distinta, mucho, de Elizabeth Bennett. Lizzy es consciente de que no toca el piano con la perfección que debiera, simplemente porque lo ha practicado poco. No siente envidia, ni siquiera la mínima, cuando tocan ante ella otras señoritas o señoras que lo hacen mejor. Porque Lizzy es consciente de que la responsable de aquello es ella misma por no

dedicarle tiempo. Su autoestima está a salvo. Su seguridad en sí misma, también. He aquí una diferencia fundamental entre ambas protagonistas. Lizzy Bennett se acepta a sí misma cómo es y no siente reparo en expresarse ante nadie y ello por su naturaleza, por su carácter. Emma tiene el refuerzo añadido de su cuna y su posición económica.

La naturaleza enfermiza y triste de Jane Fairfax es demasiado para Emma. La considera bastante pusilánime y no le gusta esa autocompasión que cree observar en la joven. El desenlace de la novela nos explica que Jane Fairfax no era una quejica insoportable, sino una mujer enamorada que ve cómo su amado no cumple sus promesas. Cosa bien distinta, desde luego. ¿Cuánto hay en el rechazo de Emma de molestia por los halagos continuos que le brindan a Jane Fairfax muchas personas de su entorno? Porque Emma está acostumbrada a ser el centro de atención y, si bien Harriet no será nunca rival, el caso de Jane es distinto.

La última de las situaciones que enfrentan a Emma y Jane tiene lugar con la actuación de Frank Churchill. Este es un joven con unos valores bastante acomodaticios, un personaje que no parece caer muy bien a la propia autora. Juega con los sentimientos de Emma mientras mantiene un compromiso oculto con Jane. Y, al tiempo, actúa como un caballero medieval con Harriet salvándola de unos gitanos que la asaltan por un camino, desencadenando así las inefables trapacerías casamenteras de Emma. Pero Frank quiere a Jane y esto desarbola a Emma, no solamente porque él ha manifestado cierto interés por ella, sino, sobre todo, porque ella le ha elegido, internamente, para que sea el marido de Harriet.

Todo esto nos indica que Emma no es una heroína al uso, no es una mujer perfecta. Sus defectos no están ocultos, se hacen evidentes en el libro. Su propensión a acertar siempre en sus predicciones, su facilidad para manejar a la gente, más debida a su posición y su gracia personal que a mala intención, y, sobre todo, su conciencia de ser la estrella de una sociedad bastante opaca, pueden llegar a molestar al lector, igual que molestan al señor Knigthley. Pero, al igual que este, nosotros, los lectores, adoptamos una postura comprensiva con ella, porque entendemos que los seres humanos tenemos defectos y virtudes y porque, como alguien diría muchos años después, nadie es perfecto...

Ya lo advirtió Jane Austen al anunciar que iba a escribir esta novela: “Voy a crear una heroína que, aparte de mí, no va a gustar a nadie”. En eso se equivocó.

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