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Hacerse un "tennessee"


Blanche Dubois es una mujer madura que pertenece a una rancia familia del sur venida a menos. Las circunstancias de su vida la llevan a tener que vivir en Nueva Orleáns con su hermana pequeña, Stella, y su cuñado, Stanley. Stella es dulce y voluntariosa, con esa clase de belleza sencilla que no arrebata pero que permanece. Stanley es rudo, algo violento, muy sensual y está enamorado de Stella. La ama verdaderamente. La vida de ambos se reduce a pequeñas cosas. Su casa de los suburbios es pequeña, su entorno pequeño, todo tiene la pátina de la sencillez y aun de la humildad. Por eso Blanche se siente fuera de lugar y he aquí que su lujoso equipaje, al menos en apariencia, parece estar ansiando un hotel de lujo o una mansión en la avenida principal. 

El círculo de amistades de la pareja es escaso, salvando la excepción de algunos amigotes con los que se reúne Stanley a jugar a las cartas una vez por semana. A jugar, a beber, a blasfemar y a reírse sin control y sin modales. Los modales de Stanley dejan mucho que desear, piensa Blanche. Su hermana hubiera merecido otra cosa. Pero toda la familia quedó sorprendida cuando la pequeña de la casa decidió seguir a este hombre tan varonil pero tan fuera de lugar en su expresión, en su gesto, en su porte. Un hombre que usa camisetas y que muestra su torso sin pudor. Un hombre que mira de arriba a abajo a las mujeres y que parece desnudarlas. Aunque él sepa que, en realidad, solamente tiene ojos para Stella, con la que mantiene, como no puede ser de otro modo, cíclicas peleas con fervorosas reconciliaciones. 


La ocultación es un ejercicio doloroso que construye un laberinto en torno a las personas. Blanche debe parecer algo que no ha sido y tiene que actuar en consecuencia. Pero, aunque su pasado no es lo que parece; aunque no hay brillo ni oropeles, su corazón está intacto, y el deseo de hallar un amor verdadero, que la libere de la podredumbre y de la infelicidad, es cierto, está ahí, existe. Solo por eso debería redimirse de la mentira. Aunque, quizá no mienta. Quizá ella vive en su interior y en sus gestos suaves y medidos esa farsa que la convierte en una dama a la espera de un caballero andante. Y ese caballero no será otro que Karl Malden, un bruto, desmañado y falto de gracia, amigote de Stanley que se convertirá, a su pesar, en el elemento gentil de la trama. Un hombre que debe creerse una mentira para no desentonar con el fondo. 

Sinopsis:

La película narra, en clave de drama sureño (con las connotaciones que ello tiene), la difícil convivencia entre Blanche y su hermana Stella, en la casa que esta comparte con Stanley, su marido. No solamente chocarán los caracteres sino las personalidades y la forma de actuar de dos antagonistas. Un tenso y apasionante pugilato entre un hombre vital que se mueve por instinto y una mujer desequilibrada con una espiritualidad destructiva. 

Algunos detalles de interés: 

“Un tranvía llamado Deseo”, de título original “A Streetcar Named Desire” fue estrenada en 1951. Su director, Elia Kazan, la construye sobre un guión de Tennessee Williams, que, a su vez, era el autor de la obra de teatro original. 

La música de Alex North y la fotografía de Harry Stradling son absolutamente adecuadas al clima tan especial que crean, al alimón, Kazan y Williams. 

En el reparto, la estrella de “Lo que el viento se llevó”, la británica Vivien Leigh, en un papel premonitorio de los problemas psicólogicos que sufriría en su propia persona; Marlon Brando, en un rol de camiseta y sensualidad, que le iba como anillo al dedo, en los principales papeles. 

Otros intérpretes son Kim Hunter, como Stella, la dulce esposa y hermanita, solvente y ajustada; Karl Malden (que repite trabajo con Brando, al que ayudó en “La Ley del Silencio”, también de Kazan) y los secundarios Rudy Bond, Nick Dennis, Peg Hillias, Richard Garrick y Ann Dere. 

Este drama sureño coleccionó algunos premios de interés: 4 Oscars, 1 Globo de Oro, 2 premios en Venecia, 1 del exigente Círculo de Críticos de Nueva York y el BAFTA de 1952 para Vivian Leigh como mejor actriz británica. 

Ninguno de los premios reconoció el trabajo de Brando, tan admirado profesionalmente como temido y criticado a nivel personal, por su talante autosuficiente y su endemoniado genio. Claro que con él no había garantías de que no enviara a buscar su galardón, por ejemplo, a una bella india cherokee. Porque él no toca el clarinete en el Club 54. 

Nota aclaratoria: “Hacerse un tennessee” es, en mi argot, montar un pollo dramático por un quítame allá esas pajas. 

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