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"Con todas las de perder" de Víctor Jiménez. Poesía.


Lo más enternecedor de los libros de poesía es que son pequeños. La mayoría tienen pocas páginas y portadas en colores desvaídos y melancólicos. No imagino un libro de poesía teñido de rojo o de azul intenso. Son suaves y discretos, como estos que andan ahora por aquí. 

La copla flamenca, el soporte del cante, tiene hondura cuando se resuelve en soleares. Esa copla es un inmenso recipiente que contiene versos populares y versos de autor. Versos como besos. No me gusta esa distinción entre "lo popular" y "lo culto", porque se confunde la tradición oral, tan fresca y sin compostura, con lo poco versado o lo vulgar. Al mismo tiempo se le da una pátina de superioridad a la copla de autor, por el simple hecho de que sabemos quién la ha escrito y porque su autor ha dejado plasmado en ella su nombre. 

Lo popular aparece en el flamenco con el exacto ajuste que el tiempo le ha otorgado. Poesía hecha por decantación, medida y sin sobrantes. El eco popular nutre, sin embargo, las coplas de autor y estas son mejores cuanto más cercanas están a ese eco. El listado de nombres, poetas que se subieron a la cumbre de la copla, es innecesario y entre ellos, lo sabemos, está lo más granado de la poesía española, o, lo que es lo mismo porque en este terreno vamos en cabeza, de la poesía universal. 

En "Con todas las de perder" se recogen ciento doce soleares (de las que, afirma el autor, ciento dos son inéditas), organizadas en seis partes, cada una de las cuales tiene un motivo principal, una especie de tema de fondo, aunque a veces las coplas discurren a su modo y se escapan de esa clasificación. Suele ocurrir con la poesía. Las coplas por soleares, que aquí no tienen voz aunque se puede una imaginar cómo sonarían, tienen enorme dificultad a estas alturas. Tenemos el sonido, el aire, el ritmo en la cabeza, y es muy fácil caer en la repetición, en la copia, o en el ripio. No es nada sencillo que susurren con el peso suficiente y que se eleven con la emoción precisa. En su justo término, las coplas por soleares son un atrevimiento poético, un ensayo, una fórmula que tiene su riesgo y su problema. 

Como suele ocurrir con toda la poesía, con la literatura en general, cada uno de nosotros escogerá un poema o un ramillete de ellos porque les encontrará mayor sentido, mejor sonido o más cercanía a lo que somos y a lo que vivimos en este momento. La poesía (que ha de leerse despacio, en el silencio de los atardeceres y evitando que la melancolía de estas horas nos dispare la tristeza) tiene siempre una interlocución directa con el lector. No necesita intermediarios, aunque a veces lo parezca, y, en este caso, las seis estaciones en las que el libro se detiene son suficientemente precisas como para evitarlos. 

Los trenes, aquellos trenes
siempre por aquellas vías...
Y el niño por los andenes.

No me da ni una alegría
esta pena que yo tengo. 
Pero me da compañía.  

Y la viste otra mañana. 
Tú le dijiste ¿te acuerdas...?
No se acordaba de nada. 

Aquí paz y después gloria. 
Tú te marchas con tu cuento.
Yo me quedo con mi historia. 

A quien dice que soy otro
cuando escribo y no lo entiende,
le digo que yo tampoco. 

Aires sentenciosos. Quejas ocultas. Tiernas artimañas del corazón. Recuerdos de la infancia. Añoranza del tiempo que se ha ido y del que está por irse. Conclusiones y escepticismo. Soledad acompañada. Deseos insatisfechos, deseos inexistentes. Explicaciones. El barrio. La madre. La mujer. La muerte. El amor. La escritura. 

Todos los libros de poesía cuentan las mismas historias de distinta manera. Todos los poetas pasan por las mismas vicisitudes y las mismas desesperanzas. Todos parecen seres tristes aunque luminosos. La poesía parece estar escrita en tiempos de zozobra y leída en tiempos de desconcierto. La copla le añade, además, el aire añejo de las frases rotundas. Son sentencias de viejo. Miradas a la vida desde el púlpito de la experiencia, desde la duda de la perplejidad. Todo eso en octosílabos, en estrofas de tres versos. 

Víctor Jiménez, que lleva escritos ya once libros de poesía, ha confiado en José Luis Rodríguez Ojeda (un discípulo de Shakespeare a quien llamaremos familiarmente "Willy") para seleccionar los poemas que forman el libro. La vestidura formal se completa con los collages que ha hecho otro poeta de quien yo conocía sus versos pero no sus aficiones plásticas. Se trata de Juan Lamillar, a quien la copla no le resulta desconocida porque le viene por la parte de Triana. Tampoco a Willy, que ha escrito y dado a cantar multitud de letras flamencas. El prólogo de Antonio García Barbeito pone en suerte el texto y recuerda a aquellos que, junto al pueblo, escribieron coplas, a la par que señala su particular antología entre las soleares que figuran en el libro. Un libro dedicado a la madre no podía dejar de tener sentido. 

Por esas casualidades de la vida, porque la literatura escribe caminos curiosos, tengo aquí a la mano otro librito de la misma editorial, Libros Canto y Cuento, de Jerez, que se publicó en 2012 y que escribió mi gran amigo, del que tanto aprendí, Antonio Luis Baena, poeta de Arcos, recriado en Triana, paseante del barrio y gentil emisor de cartas que conservo. El libro es "El último navío" y me lo hizo llegar, con una carta autógrafa, su viuda, Violeta Gallé, después de que él muriera. Cantos y cuentos que, en su sencillez, guardan, ya lo vemos, una quietud honda. 


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