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De poesía y poetas


(Fotografía de Nina Leen)

El verano es el tiempo de la poesía. Las horas tersas de la mañana, luminosas y displicentes, sin nada que hacer, holgazaneando por la casa o el patio, veían a la niña encaramada a las obras completas de algún poeta o a un librito pequeño que contenía una antología de algún otro. A veces, se organizaban en la casa curiosos torneos, justas poéticas hechas de recitados espontáneos, con un fondo de flores, una colcha ya usada, que se sujetaba de ventana a ventana, y se convertía en improvisado fotocall. Allí se decían los poemas y se movían las manos al mismo compás. Con diez cañones por banda, qué tengo yo que mi amistad procuras, es la casa un palomar y la cama un jazminero, esta mañana, amor, tenemos veinte años, quisiera estar solo en el sur, las barcas de dos en dos, la aurora de Nueva York...

Altolaguirre, Cernuda, Machado, Lorca, Santa Teresa, Borges, Alberti, Neruda, Lope de Vega, Espronceda, los sonetos de Shakespeare, el teatro en verso, los poetas. Sobre todos ellos, Miguel Hernández, la voz que recorría la casa y que se asentaba en los lugares más recónditos. Todos los libritos de Miguel Hernández iban de mano en mano. Se leían y comentaban, se subrayaban, se recitaban. En voz alta sonaban los versos y eran una gavilla de palabras que sabíamos de memoria. El mundo es como aparece, ante mis cinco sentidos, y ante los tuyos que son las orillas de los míos. El mundo de los demás, no es el nuestro, no es el mismo. Lecho del agua que soy, tú, los dos, somos el río, donde cuanto más profundo, se ve más despacio y límpido. 

Después de la lectura, el recitado y la música, llegaba la escritura. Escribir poesía es tratar de apresar el tiempo en una mano. Y con el tiempo, el sentimiento y la emoción. Los cuadernos rayados, lisos, a cuadritos; las portadas de colores; los bolígrafos de punta líquida; los lápices de mina, cualquier cosa era bueno para escribir poemas que hoy ni siquiera tienen nombre ni dedicatoria. Existieron por alguien pero ese alguien se ha borrado con el paso del tiempo. Solo el poema permanece intacto, exactamente él. La intención es lo de menos, no permanece. La figura de quien te lo inspiró tampoco. Las circunstancias, menos todavía. Algunas hojas sueltas, casi amarillas, están en cajas de cartón o de lata, bonitas cajas que guardan servilletas, afiches y otro montón de cosas que no sabes de dónde salieron ni por qué. Ahí está la poesía que escribiste solo porque eras joven y el amor asomaba.

Si me vierto en amor, tú no lo notas
Impasible el sonido de un corazón en llamas
Te pierdes en la noche de los silencios claros
De la firmeza oculta de un tiempo que no existe.

Si te recuerdo, amor, tú no lo sabes
No entiendes el sentido de mi fatal bagaje
No me oyes, no me miras, no estoy, no notas nada,
Eres la oscuridad, la noche aciaga y lenta.

Amor, si un día te busco, inexorablemente
Tendrás que abrir la puerta o cerrarla de golpe
Tendrás que acariciarme o despedirme entera
Tendrás que amarme, amor, o moriré, sin duda. 

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