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El día que perdimos Notre Dame


(Notre Dame pintada por Maurice Utrillo)


C'était un matin clair et nous avions vingt ans...

Yo llevaba un vestido de color violeta, del mismo tono que se observa en el fondo del cuadro de Utrillo. El vestido no tenía mangas y se movía al andar. Las sandalias eran blancas y sostenían una pequeña flor violeta en uno de los laterales. La cola de caballo era un signo de independencia y un pequeño reloj, con correa roja, estaba en mi muñeca demostrando que la noche anterior me habías dicho que eso era para siempre. Tú exclamaste al verme bajar, un poco tarde, al hall del hotel barato y sin vistas: eres mi princesa. Y lo era de verdad. En ese momento acababa de comenzar mi reinado. También parecía una chica francesa de las que nos cruzábamos por la calle. Yo podía haberme confundido con alguna de ellas. Pero para ti era el paraíso. Por eso tú mirabas a través de mis ojos. 

El viaje en tren había sido muy largo pero nadie está cansado a los veinte años. La noche antes, recién llegados, recorrimos un bulevar agarrados de la mano y riendo. Todo el tiempo hubo risas. Nadie nos conocía, éramos anónimos y nos habíamos escapado del mundo. El horizonte atlántico se nos había quedado pequeño. Los dos teníamos ansias de ver, en la realidad, aquello que estudiábamos en los libros y tú deseabas contemplar cómo mis ojos cambiaban de expresión al entrar en los lugares sagrados de nuestra cultura. Teníamos prisa en conocerlo todo. Éramos dos almas presurosas. Nada nos detenía. 

Hacía un día luminoso y había mucha gente en la calle. Pero ninguna era cercana, por eso éramos  únicos, sin nada que nos limitara, sin prudencia ni contención. Podíamos besarnos por la calle y abrazarnos en los cafés y gritar si nos parecía, en medio de cualquier puente, las frases que, en francés, tenían más significado. Eso era amor y los dos lo sabíamos. Por eso cruzamos la entrada de la catedral con la convicción de que era un viaje de ida al paraíso. Mirábamos al techo, entornábamos los ojos, sentíamos que aquello no tenía retorno y atesoramos dentro la mágica impresión de que nunca volvería a repetirse. No nos equivocamos. 

¿Dónde estabas anoche cuando la piedra ardía? ¿Dónde, cuando la gente se arremolinaba alrededor del puente buscando explicaciones? ¿Quizá lloraste, como yo, a escondidas, recordando el esplendor de las noches y el tiempo en el que fuimos? ¿Quizá la lluvia de madera carcomida te recordó que también nosotros somos ya pasado? 

Vi las imágenes del fuego y la caída de la aguja, contemplé la destrucción pero al fondo de todo recordé tus manos, el tibio, claro, sabor de tus manos. Contemplé en el horizonte mis pasos, saltando por las calles, dejándome caer en los quicios de las puertas, esperando que tú pudieras encontrarme. Me vi a mí misma riendo, en ese torbellino de la risa que tú decías que te daba la vida. Noté cómo el silencio que rodeaba la desaparición del sueño no tenía nada que ver con la algarabía de los amores viejos que tuvimos y no supimos tampoco comprender entonces. Me abracé en el vacío: tú estás yo no sé dónde y Notre Dame crujía bajo las llamas...

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