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Una historia por entregas: "Querido Humphrey Bogart" (1)


(Nikki Dougan fotografiada por Nina Leen en 1951)

CAPÍTULO 1

"Fernando es mi amigo desde hace muchos años, más de diez creo. Es un amigo especial o, quizá no, quizá es como los amigos de hoy. Quizá es que los amigos de hoy son todos así. Amigos en la distancia. Nuestra relación es guadianesca, con períodos de intensidad y otros de vacío. Normalmente yo soy la que desaparezco. O la que desaparecía. 

Cuando lo conocí los dos estábamos divorciados. Su divorcio es muy antiguo y después, supongo, ha tenido otras relaciones. Pero no he sabido nada de ellas ni creo que lo sepa nadie, salvo las interesadas. Esa discreción puede envolver muchos motivos, pero creo que el fundamental es su alergia al compromiso. Al menos esa es la impresión que me da. Tiene una serie de ideas metidas en la cabeza que te suelta en cuanto lo conoces. A saber “no voy a comprometerme con nadie”, “no aguanto a nadie”, “no me gusta que me monitoricen”. Todos sus postulados vitales empiezan con la palabra “no” y van dirigidos al universo mundo femenino. A las cosas femeninas las llama “marujismos”. Un “marujismo" es, para él, todo lo que le suponga una incomodidad. Suelta el vocablo y “ellas” cambian el chip para intentar no molestar al gran señor. A Fernando las mujeres le encantan, pero no las soporta. Misoginia o pamplineo, eso es algo que habría que dilucidar. Quizá algún día, alguien, en alguna universidad de algún país de alguna parte del mundo, haga una tesis doctoral sobre el tema. A Fernando le gustaría. Ser el centro de atención de cuánta más gente mejor es algo que lo pone en órbita. 

Pensaréis que nuestra curiosa modalidad de relación interestelar era debida a la distancia en kilómetros. Qué va. Vivimos a unos treinta minutos de distancia a pie. Es decir, en la misma ciudad. Pero, como ocurre en estos días con tanta frecuencia, resulta más fácil entrar en Facebook en pijama y a cualquier hora, que quedar en la calle, arreglarte, salir y todo eso. Esta circunstancia ha generado un tipo de comunicación  muy especial, íntima, pero, a la vez, con una cierta distancia física. Cuando nos veíamos, en esas escasas ocasiones en las que yo era capaz de arrancarle una cita, no dejaba de mirarlo porque me parecía una persona desconocida que no guardaba relación alguna con mi “amigo” del teclado. ¿Quién es? me preguntaba a veces… 

Esas idas y venidas entre nosotros nunca han supuesto una cortapisa para confiarnos nuestros problemas. Bueno. Aquí tendría que matizar. Yo le cuento mis cosas y él suelta alguna frase supuestamente ingeniosa. Advierte rápido mis prontos depresivos, esos momentos en los que todo lo veo negro y en los que me interrogo acerca de la vida. Es mi punto existencialista. Pero no les da importancia alguna. También sabe de mis cabreos. A veces él mismo ha sido víctima de alguno de ellos, sobre todo cuando se dedica a adjetivar todo lo que hacen las mujeres. Sabe cómo molestarme. Cree que todas las mujeres intentamos convertir a nuestra religión a algún hombre irredento. 

Las pinceladas que él desliza sobre su vida aclaran poco en lo que respecta a sus sentimientos. Más allá de la letanía de principios que comienzan por “no”, el dibujo total nunca se expone, nunca está a la vista. Seguramente es esa reserva la que le garantiza que pueda llevar una especie de doble vida: hombre público, vida privada. Y también adoba su persona con una gota de misterio que a él le gusta añadir al guiso.

Porque Fernando es una persona famosa, un escritor que vende muchos libros, cuyo rostro es conocido y que tiene prestigio en el mundo editorial. Cultiva un club muy amplio de fans pero lo hace como un jardinero displicente. La cantidad justa de agua para que la flor no se muera. Lo he imaginado miles de veces, sentado delante de su ordenador, pulsando lentamente sus teclas y dándole de comer a su cohorte de agregadas. Dios, qué entretenimiento. Me he preguntado a menudo qué clase de flor soy yo en ese jardín. ¿Un cardo? Creo que los cardos necesitan poca agua…

He empezado mal. No debí decir “Fernando es mi amigo”, sino “Fernando era mi amigo”. Nunca un tiempo verbal significó tanto. Porque, desde hace aproximadamente un mes, ha dejado de serlo. No hay que ponerse en lo peor. No es mi amigo, pero ha pasado a ser mi amante. Todavía tengo dudas de si una cosa es mejor que la otra. En su persona hay algo que me fascina. Fernando hace el amor extraordinariamente bien. Aunque no lo parece, porque tiene esa vanidad propia de los personajes públicos, cuando se enamora es capaz de borrarse a sí mismo y convertirse en el perfecto amante. Se fija en los detalles más nimios que puedan agradarte y no le cuesta ningún trabajo buscar mil modos para que esa atención que te dispensa sea la máxima. Esto, teniendo en cuenta su cargada agenda, no deja de ser una muestra palpable de generosidad amatoria.

Decía que Fernando y yo “estamos juntos” desde hace un mes. No diré que somos “novios” porque no tenemos ya edad para eso. Aunque podría decirlo. Es una palabra que no he llegado a usar nunca porque siempre me coge a trasmano, o no está de moda o voy tan rápida que ni siquiera da tiempo al noviazgo. A mí me parece que un noviazgo es otra cosa y que acostarse a las dos semanas de empezar a salir es más de amantes que de novios, pero a lo mejor me equivoco y Fernando y yo somos novios. 

La verdad es que no nos escondemos. Ni mucho menos. Todo lo contrario. Tuvo la feliz ocurrencia de anunciar nuestra relación en Facebook. Lo hizo el otro día y sus miles de seguidoras lo llenaron todo de mensajes con puntos suspensivos, comillas, exclamaciones y felicitaciones. Estas últimas eran, evidentemente, una muestra de hipocresía. Nadie preguntó “quién era ella”, pero supongo que eso les importaba una mierda. Y, además, esas preguntas se dejan para los “privis". Los mensajes privados le llovieron, sobre todo por parte de algunas gentiles damiselas que lo cortejaban tiempo ha, ofreciéndose para aliviar su soledad de la forma que fuera menester. Yo creo que más que felicitarlo le dieron el pésame"

(Continuará) 

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