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Ensalada de sesos sobre un lecho de azúcar glass


Quentin Tarantino decidió un día reírse de los espectadores. Así concibió y realizó esta película, “Pulp Fiction” que apareció en las pantallas en el año 1994. El casting tuvo que ser un ejercicio de heroica memoria histórica. 

John Travolta, recuperado de sus bailoteos adolescentes y convertido en un matón que se interroga acerca de las cosas y al que le surgen “necesidades perentorias” en medio de las matanzas. Samuel L. Jackson, pasado por la peluquería para una permanente floja y armado con citas filosóficas y bíblicas. Ambos anticipan la estética “men black”, pero en paleto. Tim Roth, desquiciado ante la imposibilidad de robar en una cafetería llena de gente. Rosanna Arquette, preocupada por la calidad de sus diecisiete piercings, algunos de los cuales no podrías nombrar dónde se encuentran y para qué sirven. Bruce Willis, dejando atrás sus camisetas llenas de descosidos y de sangre fresca para convertirse en un boxeador sentimental, anclado en un reloj y en una amante francesa, dulce pero algo despistada, que es María de Medeiros. Uma Thurman, aspira (nunca mejor dicho) todos los olores y sabores de la vida, se deja acompañar y, aunque es la novia del gánster más poderoso, recibe masajes en los pies de un pobre diablo. Christopher Walken, por su parte, narra con voz sacerdotal una truculenta anécdota al Willis niño. Harvey Keitel es el señor Lobo, una especie de McGyver que resuelve problemas al tiempo que te larga un sermón. Su obsesión por la limpieza es encomiable y bien podría adobar algún anuncio de detergente en polvo. Ving Rames, es el poderoso gánster negro que encarga la búsqueda del McGuffin, del maletín quiero decir. 

Con estos mimbres humanos, el bueno de Quentin enhebra una historia, o mejor dicho, tres, con un prólogo-epílogo. Historias que se escriben y reescriben, que dan la vuelta, vuelven, te saludan, y otra vez desaparecen. A modo de sinfonía fílmica, la historia podría ser cualquier cosa, pues, como en las películas clásicas de espías, lo de menos es quien mata o quien muere, quien habla o quien se calla, quien canta o quien baila. 

¿He dicho bailar? Esto es otro asunto.

Así que en una especie de restaurante pop en horas bajas rediseñado por Hopper, aparecen Travolta, que es Vincent Vega, el matón del que ya hemos hablado, y Uma Thurman, la novia del gángster tenebroso, para pasar un rato. Y he aquí que se plantea por el tórrido presentador un !!! concurso de baile !!!! Como lo oyes. Travolta y un concurso de baile. Nada de fiebre gris del sábado noche, sino una autoparodia en toda regla. Bien. Esto podría bastar para ir a ver la película. Porque así es todo. 

Violencia hay mucha, desde luego. Tripas, trocitos de cerebro esparcidos, estómagos sueltos, brazos, piernas, traseros ametrallados (con toda clase de ametralladoras, por supuesto), bofetadas, empujones, persecuciones, escondrijos, escondites. También hay mucha parla. Estos tíos, algunos de ellos al menos, tienen un pico de oro. Te recitan versos, te desgranan secretos de los padres de la filosofía, te lanzan sofismas, en fin, te convencen. O lo intentan al menos. Si van a matarte y te preguntan ¿qué desayunas? el futuro asesinado siempre pensará que es un detalle. Si te están apuñalando y te sueltan un versículo que habla del más allá, lo lógico es que la víctima sienta en su interior que el verdugo no es tan malo como parece. 

¿Qué hace el espectador mientras esto sucede en la pantalla? Aguarda atónito la siguiente escena. Se tira al suelo de risa en algunas. Se extraña en otras. Se acuerda de los ascendientes de Tarantino la mayoría de las veces. Se cabrea con el guionista y sus colaboradores. Se pregunta por qué está viendo esta película en lugar de leer “Meditación del pueblo joven”, por ejemplo. Y, por supuesto, la visión termina de dos formas opuestas. Unos dicen: Qué cabrón este tío, es un genio. Y otros: Esta película es una puta mierda. Filosofía embutida en una tripa de salchichón barato. 

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