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El vestido


Tendrías que fijarte mucho y aún así te costaría encontrarlo. Está, o estaba, al final de las perchas, casi escondido, en el fondo del armario, en un lateral de difícil acceso. Nuevo, sin estrenar. Envuelto en una funda de plástico azul, muy tiesa y brillante. Con la etiqueta todavía colgando del cuello y esa tersura de las cosas sin tocar. Ningún piano que no haya sido machacado por las manos del hombre merece la pena, dice Eleanor Parker a un orgulloso Charlon Heston en "Cuando ruge la marabunta". La pureza es un estorbo porque significa, sobre todo, soledad, territorio no amado, no acariciado. El vestido se mantiene perfecto, huele bien, tiene la tela suavemente dispuesta dentro de la funda, el largo elegante, la forma adecuada. Es un vestido que merecería la pena usar si ello fuera posible. 


Un día recibió una carta de él en la que le decía que pronto habría una cita. Una cena romántica junto al río. Él iría vestido de azul, el color que mejor le sienta, un azul plomo que casa muy bien con las luces del río, en esos veranos ansiosos en los que el calor traza una línea entre el bienestar y el desasosiego. Él iría vestido de azul, sería un hombre de azul, como los que caminan entre las arenas del desierto, pero sin cubrirse la cara con la tela áspera y llena de pliegues, más bien, al descubierto. Solo estaría guardado, en un lugar inaccesible, el corazón, si es que lo tiene, si es que es algo más que un órgano para seguir viviendo. 


Después de leer la carta ella se compró el vestido. En la carta no había fechas, ni días, ni horas, ni seguridades, pero ella creyó que así sería y que vendría, de sorpresa, una cita en la noche más especial de ese tiempo. Y compró el vestido y lo colocó, con cuidado, en el armario, esperando que la tela se movería suavemente con la brisa del río y que él la viera hermosa. Qué guapa estás, diría al verla, con su vestido nuevo. Qué bien te sienta, qué bonito es, qué color tan dulce tiene ese vestido. Y la noche se calmaría en su congoja y la serenidad sería el mejor capítulo del libro que un día escribiría al pensar en ese hombre de azul, azul eterno. 


Esta mañana ha cogido el vestido y lo ha sacado de su funda. Lo ha doblado y, después de meterlo en una caja de cartón usada, lo ha depositado sobre un contenedor, no sabe si de vidrio, de plástico o cartón. No estaba la mañana para reciclaje. El vestido se ha quedado ahí y algunas manos tomarán la caja y hallarán el vestido. Manos invisibles, de las que rebuscan cada día en la basura. El vestido ha dejado un hueco en el armario. Pero por poco tiempo. Un viejo jersey de renos amarillos aparece ahora en el lugar exacto. 

(Fotografías de René Groebli, Zurich, 1927) (Música de Norah Jones)
(Texto: 15 de diciembre de 2018)

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