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"Cara de pan" de Sara Mesa

Una extraña intuición me ha alejado hasta ahora de los libros de Sara Mesa (Madrid, 1976). No entiendo el motivo salvo que los títulos de sus libros me producen rechazo y que sus argumentos no me llaman la atención. La autora tiene una obra larga a pesar de su juventud, es siempre bien tratada y, a mi juicio (ahora más que nunca lo creo) está sobrevalorada. Acapara muchos premios y buenas críticas. Pero, por razones de intuición y de piel, no he leído nada de ella hasta ahora. La insistencia de muchas críticas en la calidad y la reiteración de los comentarios positivos en los suplementos culturales acerca de "Cara de pan" me han llevado a su lectura. Así puedo concretar mi opinión, sin quedarme en la de otros. Así puedo hablar por mí misma. Tener criterio, digan lo que digan los demás (como cantaba Raphael en una canción mítica). 

El argumento de "Cara de pan" es conocido, porque del libro se ha hablado continuamente desde que se publicó: Una niña muy joven, catorce años, "Casi", se escapa de clase, deja de ir al instituto cada día y se encuentra en un parque con un hombre muy mayor, el "Viejo", con el que inicia una extraña amistad y la prolonga a través de charlas sobre los temas que a ambos les interesan. Podríamos considerarlo un argumento transgresor aunque, en realidad, a estas alturas ya hemos leído muchas historias en las que la diferencia de edad es notorio y en la que las relaciones son ambiguas, con toques sexuales, con connotaciones de rebeldía o de búsqueda de nuevos horizontes por parte de los protagonistas. La naturaleza es el lugar en el que se encuentran y eso hace que aparezcan separados del mundo que los rodea, sin otros aditamentos que ellos mismos y todo ese bagaje previo que arrastran a una relación desigual en determinados aspectos aunque con una clara afinidad en otros. En realidad, nunca sabes qué hay detrás de las personas que aparecen en tu vida ni existen reglas claras para relacionarte o entenderte. 

Lo que no me gusta del libro son los tópicos, los lugares comunes que utiliza para definir, por ejemplo, la personalidad de la chica y el mundo en que se mueve. Me parece tramposa la forma en que se aborda, en que se desarrolla la historia. Parece un libro original, pero está manido. Parece rebelde pero es políticamente correcto. La crítica soterrada pero evidente al sistema educativo, personalizado en esa orientadora que no sabe escuchar y que mete la pata a la hora de valorar qué le pasa a la muchacha. Ese ambiente opresivo, casi ridículo, fuera de contexto, que utiliza para definir al centro educativo. La absurdez de las normas y del tratamiento que se da a la chica, visto todo ello desde fuera, recoge toda la literatura contraria a la educación de la que se viene nutriendo cierta progresía que desconoce absolutamente una realidad mucho más compleja de lo que aparente, despreciando el trabajo de los profesionales y convirtiendo a los personajes en estereotipos. Esto último es el principal pecado del libro. El viejo es un estereotipo de viejo y la muchacha es una muchacha-tipo, que en nada puede compararse con la riqueza de caracteres, de formas de vida, de conductas, que tienen las niñas de esa edad. 

Kureishi y Roth hubieran cogido este argumento y lo podrían haber llevado a la cima de una obra maestra. No se quedarían en juegos florales ni dejarían al lector sin emociones. Pero ellos no son maniqueístas ni tienen la pretensión de resultar más transgresores que nadie. Por eso el libro me dio la impresión de un intento fallido. Porque no traspasa, ni llega, ni emociona, ni enfada siquiera. Y por eso la obra de Sara Mesa sigue sin interesarme en absoluto.

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