Ir al contenido principal

Aute, siempre de paso

Yo era una de esas estudiantes primerizas que no había logrado superar el asombro ante la gran ciudad. La recorría palmo a palmo. La calle era mi casa. En aquel tiempo tuve un novio cabrón, de esos que te abandonan todos los fines de semana contándote una milonga;  y una amiga acogedora que se hacía cargo de mí en los naufragios. Los dos han desaparecido de mi vida porque yo soy de esas que no conserva nada salvo la memoria y la palabra. Una de las noches de mágica primavera en que dejaba en un rincón los libros y me lanzaba al mundo buscando no sé qué (seguramente a ti aunque no lo sabía) topé con un concierto de Aute en la plaza de San Francisco. Yo iba sola, como me gustaba hacer en mis merodeos urbanos. Sola, pero tan viva, sola pero con tanta luz que no necesitaba sino el andar de mis zapatos tímidos sobre ese feroz asfalto que no dejaba de ofrecer cosas nuevas. La plaza de San Francisco estaba llena como en un mitin de Felipe en sus mejores tiempos o como si fuera a pasar la procesión del Corpus. Pero sin sillas. Delante del ayuntamiento estaba el escenario y todo era un gentío en el que no pude reconocer a nadie. Tampoco lo quería. Había ido a verle a él, a Aute, porque estaba enamorada de su música y de él mismo, de su desaliño y de sus letras. Cada una de esas canciones eran mías. Las escribía para mí y las cantaba para mí. Yo lo sabía y guardaba el secreto en lo más hondo. No recuerdo siquiera cómo iba vestido, ni qué color ni qué perfume usaba yo. Recuerdo, sí, que cayó la noche sobre la plaza mientras la música sonaba y su voz iba y venía y yo entonces pensé en marcharme de allí, de esa ciudad, y buscar el lugar en el que pudiera verlo cerca a cada paso y dejar los estudios y los libros y el porvenir y no ser seria, ni responsable, ni dispuesta, sino aventurera, lanzada, convencida de que en el vagabundeo estaba el secreto de una felicidad futura que nada más iba a garantizarme. Quise ser una grouppie de esas que siguen a los cantantes y van con ellos a los camerinos y lo saben todo de su vida e imaginé, como la mayor de las dichas, que Aute escribía una canción con mi nombre, y mi nombre iba de boca en boca, porque la canción era tan hermosa que todos la cantaban y se hacía tan famosa que todos la conocían. Eso pensé esa noche, eso mientras sonaba su voz y luego, al final de todo, hice cola entre un montón de muchachas como yo, con libros en la mano como yo, con melena larga como yo, con ojos soñadores como yo, con sonrisa abierta como yo y como yo deseosas de ser la musa de aquel hombre que nos miraba a todas y se paraba un instante a firmar un autógrafo. El mío lo conservo. El papelito tiene una frase que no voy a contaros. Es una frase mía y la conservo porque no solo tiene la letra de Aute sino el secreto de lo que yo entonces era y he dejado de ser. Tampoco me marché, aquí sigo. Me he equivocado en todo. 

(Fotografía: Cecilio Lobato) 

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes