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Mostrando entradas de noviembre, 2018

Dave Heath: Obviamente en silencio

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El día es tan engañoso como tú, piensa ella, mientras el chasquido de la cámara la sorprende entre papeles, en un otoño indisimulado que pretende ser primavera. Se han desgajado naranjas de los árboles y las farolas aún lucen, será porque la luz es cosa del dinero y no de la geografía o las estaciones. Aprendimos que el cambio de las horas era una suerte de mensajes al infinito y ahora ella sabe, aunque nadie se lo ha explicado claramente, que debe alejarse de ese foco, que cerca su rostro con una huella infame y que la cubre de sal en soledad. Así no. Así no debe hacerse, piensa a veces. Pero no puede esperar ya de ti que hagas otra cosa que mentirte a ti mismo.  Hubo un tiempo con una luz dorada que sembraba las tardes y las convertía en la antesala de los cuentos, esos que tienen una princesa y muchos faunos, que se recitan a la hora del sueño y que te convierten en una fantasía irrealizable. Ella lo supo entonces y lo recuerda ahora, por eso ha olvidado la poesía, por

El tiempo de los abrazos

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Miradla, está en el centro de la foto. La niña quiere ser buena pero no consigue que su mirada se centre en el libro que está leyendo. No consigue que se detenga ahí, que se convierta en el motivo principal de su interés. No. Mira más allá, se despliega, se lanza a un universo desconocido, se zambulle en un mar de olas peligrosas y sin fin. Ella, la niña de la foto, se pregunta por algo más que los libros no enseñan. Y esa pregunta es el motivo principal de sus dudas. Y será así siempre, toda la vida, todos los años venideros, toda la gente que va a conocer, representará esa pregunta sin respuesta.  La niña de la foto no sonríe. No tiene el gesto concentrado de la compañera del jersey geométrico, que parece buscar en el libro de al lado algo que en el suyo no existe. Esos ojos fruncidos indican un sentimiento de malestar porque ese otro libro es más interesante que el suyo, más grande, con menos hojas. Tampoco se parece a la niña rubia del vestido bordeado de piquillos. Esta ni

Suelos de barro, perdón sin lágrimas

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Las niñas soñadoras, que viven con los libros y bosquejan en su cabeza aventuras en las que hay siempre un tanto por ciento de alegría y otro de nostalgia, siempre terminan siendo mujeres equivocadas, mujeres que miran hacia donde no deben, que son presa fácil para cualquiera que sepa decir dos palabras seguidas con suave acento. No deberías olvidarlo. Quizá a ti te ha ocurrido algunas veces y puede que esta sea la primera. Pero el corazón se gasta de esperar la nada y las manos se curvan y entonces llega el último tramo de la vida y abres el grifo de la desilusión, que nadie puede cerrar. No importa la música que suene, ni siquiera que a través de la ventana una lluvia fina te traiga el hueco de un paraíso perdido. Lo que vale es sentir. Sientes que te han engañado una vez más, que cada una de las veces el engaño es mayor y que nadie, nadie, puede entenderlo sino tú misma, porque te ha ocurrido algunas veces o puede que esta sea la primera.  Tampoco entiendes, lo sé, qué ganan

La tarde estaba llena de un mar de tonterías

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Todas las estaciones tenían las mismas letras. Escribíamos renglones casi sin darnos cuenta. Y la vida seguía su ritmo sin cansarse, tardes, las madrugadas, los otoños, los fríos. El gris ámbar del cielo en los amaneceres. El tibio sol que entraba por la ventana a secas. Y el jardín que se abría como un mar de amapolas. Escribíamos la dicha y yo no lo sabía.  Una vez estuvimos al borde del abrazo. En las tristes noticias contábamos a solas que los sueños se sueñan pero nunca se cumplen. Y aún así era glorioso pasear las alamedas, confiar en que las horas tenían sabor a instantes y que todo se estaba formando sin quererlo, porque éramos tan difíciles de ubicar por la suerte, que la suerte llegó y no supimos verla.  Si pudiera contarte cómo el sol se estremece cuando cruza el umbral de la ventana abierta...Si pudiera enseñarte cómo el engaño vibra y nos hace más pobres, nos encuentra más fríos...Si pudieras mirar con esos ojos tuyos cómo se desenvuelve al borde de las lágrima

Un Museo para andar por las nubes

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Una vez, cuando tenía quince años, un grupo de amigos de la pandilla de entonces inventamos un viaje a Madrid. Después de mucho rogar a los padres, de firmar papeles que no servían para nada, de jurar y perjurar que seríamos buenos, ellos dijeron que iban a confiar en nosotros y que el Talgo nos esperaba para que no hiciéramos locuras. Éramos tres chicas y tres chicos, solamente amigos, nada de parejas. Y aprovechando un puente nos fuimos a Madrid y allí tuvo lugar una aventura que nos llevó a los leones del Congreso, al Rastro, al parque del Retiro, a los sandwiches de Rodilla, a montar en karts, al museo de cera, y, cómo no, al Prado. También visitamos el templo de Nebod y un día nos escapamos a Ávila y Segovia, y fuimos a la Granja y a Aranjuez, y a la Plaza Mayor, en fin, toda la ruta que seis chicos de provincia eran capaces de hacer en cinco días.  Nunca hablamos de esto y, llegado el momento, cada cual siguió su camino. No les conté que mis dudas se disiparon en el M

Me despido de ti y no lo sabes

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(Fotografía: Manuel Amaya) Me despido de ti y no lo sabes. Toda la vida es una despedida. Dejé mi casa una y mil veces. Dejé el patio y las flores, los arriates, el sabor fuerte del agua de pozo, la humedad, dejé el levante, el poniente y el sur. Toda la vida es un continuo adiós de objetos, de personas, de sentimientos, de lunas, de horizontes y de puntos geográficos. Te despides de alguien cada día. Y esa despedida se renueva al pie del ascensor: Hasta mañana. Buenas noches. Que descanses. Adiós.  Hay despedidas que son definitivas. Se muere alguien y ya nunca más su olor inundará tu cama, o tu casa, o tus sueños. Se marcha y se convierte en una foto, en un texto que escribí a su lado, en la esfera con los mapas de todos los continentes, en un viaje, una diapositiva. Hay otras despedidas que son tercas, que parecen querer rebasar nuestra paciencia y ser imposibles, ser inauditas, ser cobardes. Las despedidas cobardes cansan el cuerpo tanto como el espíritu. Adiós y no te

"Ese final escrito sobre el aire"

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Los aires la definen. Todos luchan entre sí por ganar y vencer, que no es lo mismo. Nosotras llevamos la falda tableada y el viento la levanta y la mueve, la convierte en bandera, en estandarte. Esta es una ciudad plegada hacia los aires y por eso tenemos tanto miedo de que vuelen los sueños. Aquí, en esta azotea, nos sentamos para contarnos las confidencias que no pueden oír las madres. Esas historias que nos parecen tan importantes y que el paso del tiempo convertirá en arena, en tierna arena blanca, de la que el mar abandona en la resaca y nos ensucia los pies cuando recorremos la playa que rodea el sitio en el que vivimos sin saber que el océano nos cerca. Qué espectáculo ver, a la caída de la tarde, cómo un enorme barco aparece en el fondo y ese cuadro que pintamos cada día en el horizonte tiene un sabor salado, como todas las lágrimas, como las lágrimas que caen en nuestras manos al hablar de ese chico que jamás, a pesar de que lo hemos intentado, nos mira al cruzarse por la

"Mira que eres canalla"

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Ha apagado el teléfono. Ha encendido la música, una cosa de jazz o bossa, no recuerda. Ha bañado su pelo con un champú de rosas y los hilos brillantes se han estirado al tiempo que susurra canciones que aprendió hace unos años. Ha cerrado la historia, ha inventado el silencio. En la página web ha comprado un jersey y un vestido del tono del azul del océano y ha sonreído firme al mirarse al espejo, con una pinza roja enfrente de la imagen.  Ha borrado las lágrimas. Ha olvidado los sueños. Ha buscado una frase que valga para el caso. Ha recordado todas las palabras vacías, las palabras crueles, las palabras manchadas de ese olor a soberbia y a corazón sin tiempo. Ha vencido por fin. Ha acariciado un libro. Ha levantado a Tara como si fuera tierra y ha jurado que nunca volverá a pasar pena, volverá a pasar llanto, volverá a pasar miedo. (Fotografía de Arnold Newman. Título de Luis Eduardo Aute) 

"Una noche en el paraíso" de Lucia Berlin

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En 2016, la publicación por la editorial Alfaguara de "Manual para mujeres de la limpieza" fue un absoluto suceso. El boca a boca funcionó de inmediato y el libro se encumbró a los primeros puestos de los más vendidos y fue, también, de los más leídos. Ambas cosas no siempre coinciden. La personalidad de Lucia Berlin importa, desde entonces, tanto o más que su obra. Como ocurre con todas las vidas estrambóticas, al filo de la navaja, su peripecia vital nos llama a intentar descubrir resquicios que expliquen el trasfondo de las historias que cuenta. Setenta y siete cuentos que ya se habían publicado en los años noventa sin demasiada repercusión, a pesar de que consiguió el American Book Award en 1991.  (Lucia Brown en sus primeros años) Fue la importante editorial norteamericana Farrar Straus and Giroux la que publicó el "Manual" en 2015, revitalizando la figura literaria de esta mujer. Era un momento muy oportuno. La literatura femenina, antaño a

Si Shakespeare lo dice, alguna razón tendrá

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SONETO 116 Permitid que no admita impedimento ante el enlace de las almas fieles no es amor el amor que cambia siempre por momentos o que a distanciarse en la distancia tiende. El amor es igual que un faro imperturbable, que ve las tempestades y nunca se estremece. Es la estrella que guía la nave a la deriva, de un valor ignorado, aún sabiendo su altura.  No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios o mejillas alcanza, la guadaña implacable. Ni se altera con horas o semanas fugaces, si no que aguanta y dura hasta el último abismo.  Si es error lo que digo y en mí puede probarse, decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre. Marianne Dashwood amaba Shakespeare y sus sonetos. Su preferido era este 116 porque Marianne estaba enamorada del amor y ponía en su amado todas las buenas cualidades, las virtudes y los dones necesarios para que ese amor tuviera sentido y no fuera inútil ni incapaz. Pero, tal y como sabía su creadora, Jan

¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa?

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Me miras y te miro. Nos entendemos. De una punta a otra del país pero las dos sabemos que hablamos de lo mismo, que tenemos las mismas emociones, la misma asignatura que no hemos aprobado, la misma insensatez ante las cosas, la misma inenarrable fantasía. Nos parecemos. El color de los ojos es distinto, el toque de las manos, la suavidad del verso que nos gusta escribir, la trayectoria. Te van las matemáticas y eso a mí me produce tanta envidia...Yo aquilato palabras y las transformo en tiempo y eso te encanta aunque no lo comprendas muchas veces. Somos tan diferentes pero hemos encontrado un punto de atención para ayudarnos, para que tus palabras se asemejen a las mías, para que huyamos sin dudarlo del mismo tronco hueco.  ¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa si es lo mejor que tienes? ¿Que viertan tu alegría en un saco de azufre y que desaparezca? ¿Cómo es posible que te dejes vencer tan a menudo? ¿Cómo es posible que "perdón" y "lo siento" sean tu

"Flamenco. Negro sobre blanco" de Cristina Cruces Roldán

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     " E ra el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos..." anunció Dickens . Bien podríamos aplicar al flamenco esta máxima, porque es el arte de los extremos, de los peores augurios y las mejores noticias. Desde que existe viene sorteando obstáculos, algunos en nombre de quienes se empeñan en que la tradición sea inamovible y otros por parte de la innovación a ultranza. Como todo arte contemporáneo es cambiante y complejo; como todo arte de cualquier tiempo histórico es, también, reflejo de la sociedad y, a la vez,  representación de la misma. En el flamenco confluyen tantos ríos que es imposible separar las aguas una vez se llega a la desembocadura. Los afluentes se confunden, se alían, se miran unos a otros con la perspicacia de quien quiere entenderlo todo. Y el conocimiento total se pierde ante el detalle, ante la pequeñez de un instante. Porque, a la par de todos, es un algo tan efímero como el calor de un baile o el saludo al sol de cualquier cante elev

"Ordesa" de Manuel Vilas

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Siempre he creído que los libros llegan hasta ti en el momento oportuno y que la forma de llegar es, más que casual, milagrosa. Amanecen días en los que sabes que las dudas son mayores de las habituales y que algo tiene que surgir para compensarlas. En este caso, "Ordesa" llegó en el momento oportuno y de una forma inopinada. Nada me había acercado a él con anterioridad, ni tampoco a su autor, Manuel Vilas . Sin embargo, desde los primeros renglones del libro supe que tenía que leerlo. Y lo adquirí con toda rapidez en formato e-book porque no podía esperar a que llegara el envío o a que visitara una librería.  Lo primero que me llamó la atención de su lectura fue la forma en que habla de su padre. Creí que yo era la única persona que sentía determinadas cosas. Pero no es así. O es un sentimiento universal o Vilas coincide conmigo en cierta ambivalente sensación que persiste tras la muerte de ese hombre al que miras desde abajo y con el que sigues soñando a pesar d

Bailes de sociedad

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Ocupar el ocio es una de las preocupaciones de las sociedades avanzadas. Cuando uno tiene asegurada la supervivencia, no tiene que ir a cazar animales para obtener pieles ni alimento, cuando la vida sigue su curso organizadamente, entonces nos encontramos con que hay tiempo libre que llenar. En la vida actual hay una tendencia cada vez más clara para priorizar el ocio y darle una importancia radical como tiempo en el que es posible ejercer la libertad de elección en las actividades.  Los personajes de los libros de Jane Austen poseen las diversiones de la gente como ellos en el tiempo en que vivieron. Jugar a las cartas; conversar; hacer visitas; jugar a los juegos de palabras; a las adivinanzas, o a las charadas; bailar; salir a cenar fuera; hacer una excursión al campo; asistir a una velada musical; tocar el piano... Bailar a la luz de las velas es una de las más atractivas distracciones para cualquier joven. Cuando los señores Westo n, en "Emma" , quieren