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La buena vecindad


En el universo de mi infancia los vecinos forman un mosaico irrepetible, pleno, único. La calle en la que viví se me antoja, en la distancia física y temporal de ahora, como una especie de paraíso cruzado de nostalgia. Habitan en él personajes de toda condición, especímenes diversos, buena y mala gente, conocidos, amigos y extraños. Todos se colocan en esa foto como si fueran conscientes de que una imagen puede situarlos en la inmortalidad. Los momentos compartidos, las celebraciones, las fiestas en las que la mezcla era posible, todo ello forma parte de los ritos de encuentro, de las costumbres sociales, de los entretenimientos, de las diversiones. Las visitas eran un modo de compartir noticias, porque, como en todos los micromundos, había frecuentes y sabrosas informaciones. Podía decirse que éstas volaban de un lado a otro de la calle, larga y con tres tramos bien diferenciados, de suerte que, al cabo del día, podían llegar, si estábamos de suerte, al menos dos o tres temas curiosos a las casas que eran los centros de reunión, la mía entre ellas. Y allí yo, ávida por conocer cuánto ocurría detrás de las paredes blancas rematadas del azul añil de las azoteas y espadañas de las casas de mi calle.


Emma Woodhouse, que vive en los años iniciales del siglo XIX, la época georgiana, en el sur de Inglaterra, en un enclave rural llamado Highbury y en una finca de nombre Hartfield, mantiene las costumbres sociales propias de su época y, entre ellas, la relación con los vecinos ocupa un sitio primordial. Para su desgracia, el vecindaje no ofrece demasiadas ocasiones de disfrute intelectual y así ha de conformarse con el cotilleo, el chisme o la broma. Menos mal que Emma, como las personas inteligentes, tienen una fuente de placer en su propia mente, por lo que discurre, piensa, adjudica, inventa y fabula a su antojo.

En el principio de la novela sus vecinos más queridos son los Weston, ya que la flamante señora Weston es, nada más y nada menos, que su propia institutriz, la querida señorita Taylor, su madre postiza, ya que se quedó huérfana siendo una niña de seis años. Randall, la casa de los Weston, está a una distancia muy corta de Hartfield, de modo que pueden ir y venir de visita todos los días, incluso en el caso del señor Woodhouse, tan delicado de salud y tan poco propicio a renunciar a las comodidades de su propia casa. Además, en el mismo Highbury están las Bates. Madre e hija, las Bates pueden ser un excelente entretenimiento una mañana, después de misa, aunque solo por un ratito. Porque, cómo soportar la hueca verborrea de la señorita Bates y el silencio inexpresivo y permanente de su madre...Esto es más de lo que una chica como Emma, con toda su buena educación, puede sobrellevar. Sobre todo porque, a menos que se despiste, siempre habrá motivos para que le lean, a traición, una carta recibida de la perfecta, inimitable y única Jane Fairfax, la sobrina de las Bates.

Como las desgracias nunca vienen solas, al hecho de que el señor Elton desairara tan gravemente a su amiga Harriet Smith, a quien Emma había ya imaginado ya casada con el clérigo, se une el que Elton se haya casado, con la señora más insoportable que pueda uno pensar. Por supuesto, viene de Bath, esa ciudad balneario en la que Jane Austen pasó unos años y de la que tan malos recuerdos tenía, no en vano coloca ahí sus tramas menos agradables. Augusta Elton es presumida, creída, vulgar y nada inteligente. Sus parloteos llenan el aire, pero no entran en la cabeza de nadie medianamente sensato. Y, por supuesto, desde el primer momento, a Emma no le gusta. Hay que decir que la cosa es recíproca. Tampoco la señora Elton aguanta a Emma, con sus aires de señorita malcriada, que hace siempre su santa voluntad. Por eso, seguramente, le sienta tan mal cuando se entera que, nada menos que el señor Knightley, a quien ella llama Knightley sin más, aunque lo ha acabado de conocer, vaya a casarse con ella. Por Dios, qué bajo ha caído, piensa Augusta Elton sin dudarlo...

Las visitas de Emma al colegio de la señora Goddard, un pensionado de mediana calidad situado en el pueblo, darán como resultado un hecho feliz, su encuentro con la Harriet Smith, la interna de
padres desconocidos que acompañará a Emma en sus salidas por el pueblo evitando así que la murmuración la defina como atrevida y moderna al andar sola.

Escasas relaciones sociales, pues, las que Emma Woodhouse mantiene. A ellas se añade únicamente su propia hermana, Isabella, que vive en Londres con sus cinco hijos y con su marido, el señor John Knightley. Pero las visitas a Londres son una rara avis en su vida, pues acompañar a su padre y cuidarlo forma parte de sus desvelos y de sus ocupaciones diarias. Esta faceta de amante hija de Emma no ha sido suficientemente valorada y tendremos, quizá, que volver a ella en algún momento.

Sin duda el vecino de mayor interés de Emma, su amigo más seguro y fiel, las visitas que recibe con mayor alegría, la compañía que le sirve para pasar las horas con felicidad y con optimismo, son las del propio George Knigthley, el señor Knigthley, como ella lo llama, siempre, incluso cuando ya están comprometidos. 

Un precioso diálogo alude a ello en la obra:

-“Señor Knightley” me llamabas siempre, “señor Knightley”, y a fuerza de costumbre ha dejado de sonarme formal. Incluso cuando es formal. Me gustaría que me llamases de otro modo, pero no sé cómo.

-Recuerdo que una vez lo llamé “George”, en uno de mis adorables contraataques hará unos diez años. Lo hice porque pensaba que le ofendería, pero como no puso objeción alguna, nunca volví a hacerlo.
-¿Y no me podrías llamar “George” ahora?
-¡Imposible¡ Nunca podré llamarlo más que señor Knightley. Ni siquiera podría prometer que fuera capaz de igualar el laconismo de la señora Elton al llamarlo señor K. Pero prometo- añadió enseguida riéndose y ruborizándose-, llamarlo en alguna ocasión por su nombre propio.”

¿Es, o no es, delicioso este cruce de frases entre dos enamorados? ¿Quién necesita sexo explícito después de esto?

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