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Mostrando entradas de octubre, 2018

Perfecta geografía

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          (Retrato de Lady Hamilton como Circé, 1782, George Romney, Londres, Tate Gallery)   En diciembre de 2015 se publicó "Emma", en tres tomos, como era habitual. Desde entonces muchos lectores han tenido en sus manos la oportunidad de adentrarse en el universo Austen a través de la historia de Emma Woodhouse. Emma es una muchacha joven, bonita, rica e inteligente. Es la mujer perfecta. Como la vida va siempre buscando dificultades a quien no las tiene, Emma es huérfana de madre desde muy niña, pero este cometido lo ha suplido, casi a la perfección, la señorita Taylor, que ha ejercido la labor de institutriz de Emma y de su hermana Isabella. Esta tiene unos años más que Emma y cuando la novela comienza ya está casada, precisamente con el hermano del señor Knightley, el hombre que enamorará a Emma. El libro transcurre, pues, entre bodas, entre la de Isabella, ya pasada, y la de Emma, por venir. En medio suceden otras cuantas, porque las bodas eran los

Austen versus Brontë

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       Leí "Cumbres Borrascosas", la única novela de Emily Brontë cuando era una niña. Recuerdo la impresión que me causó. Allá, en la azul claridad de mi azotea, el paraíso de las lecturas, de los recitados en voz alta y, sobre todo, de los sueños hechos con héroes de libros y películas. La novela retrata certeramente una agobiante atmósfera en la que se confunden realidad y fantasía. Los personajes son intensos y transmiten emociones al límite. Tengo en la memoria la visión de los páramos y de las extrañas relaciones entre aquellas personas. Catherine, Heathcliff, Hareton, nombres que no se olvidan con el paso del tiempo. Las adaptaciones cinematográficas no han logrado captar ese aire fatal, esa premonición de que nada tiene remedio y de que todo lo malo es posible.       En cambio, "Jane Eyre", la novela que escribió Charlotte Brontë nunca me gustó. Los sufrimientos y la vida de una institutriz que lo pasa francamente mal no me conmovieron ni tengo se

Verdes rosas de otoño

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(Foto: Carmela N. ) Como si fuera a danzar en un salón de baile del siglo XIX para que algún eterno escritor la convirtiera en musa, ella eligió un vestido rosa, todos los tonos rosas, rosa pastel, rosa caramelo, rosa ensueño, rosa corazón, para casarse. La boda fue al final del verano y las dudas quedaron enterradas con la música, el vals y el mambo, el movimiento de las copas al chocar y la huella de los besos. Mejor no pensar que la vida, a veces, escribe su historia en meandros y en desembocaduras ajenas. Así que los rosas se mezclaron en el aliento vivo de la tarde y la noche y solo al día siguiente descubrió, como una revelación inopinada, que eso que aquello era real y no tenía remedio. El rosa fue rutina tan demasiado pronto que ni hubo siquiera lugar para lamentos. La espera es mala consejera y la juventud tiene unos ritmos que nadie más entiende. Aburrirse es peor que llorar por amor y el vacío hace más daño que la soledad. Por eso el transcurso de las horas tenía

Secretos de escritorio

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En el verano de 1813 Jane Austen tenía 37 años. Fue, en ese momento, cuando comenzó a pensar en escribir “Emma” . Es, pues, una obra de madurez. En realidad, y usando un término más ajustado, de plenitud. Austen tenía ya la independencia económica que le proporcionaban las ganancias, aunque no astrales por supuesto, de sus anteriores libros. Eso significaba tranquilidad. Asimismo, su oficio estaba asentado y su creatividad en alza. Aunque sotto voce todo su entorno conocía su faceta de escritora, no era menos cierto que ninguno de sus libros iba firmado con su nombre. A ella no le gustaba frecuentar los cenáculos literarios, en los que no se hubiera sentido nada cómoda. En este sentido, era una escritora de interior, una escritora sin proyección pública. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no tuviera plena conciencia de lo que hacía y de que esto requería tiempo, dedicación y esfuerzo. Hay en ella una rara mezcla de compromiso personal y de desinterés social por la litera

Pretendientes

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Las fuentes consultadas hablan de hasta siete hombres en la vida de Jane Austen (Steventon, 1775- Winchester, 1817).  Bien es verdad que no todas afinan tanto. Por ejemplo, el libro que escribió su sobrino James Edward Austen-Leigh pasa por encima del tema y solo reconoce a dos de ellos, destacando a Thomas Lefroy, que llegó a ser presidente del Tribunal Supremo de Irlanda y que no se pudo casar con Jane porque ella no disponía de fortuna y él estaba obligado a hacer un buen matrimonio.  Pero la suma de datos que se obtienen tanto de su biógrafa principal en castellano, Claire Tomalin, como de Lucy Worsley, la historiadora que firmó su biografía de la vida cotidiana que tituló "Jane Austen en la intimidad". Ambos libros son de enorme utilidad para el conocimiento de la escritora ya que, por otro lado, no tuvo en su época a nadie que se interesara lo suficiente por ella como para guardar datos fidedignos y su familia ha sido siempre muy reticente a ofrecerlos, tanto

"Cita con la muerte" de Agatha Christie

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(Peter Ustinov fue Hercules Poirot en la versión cinematográfica de 1988) (Edición a cargo de RBA con traducción de José Mallorquí Figuerola, tercera edición febrero de 2010) Título original: Appointment with Death Publicación original de 1937, 1938 Dedicatoria: A Richard y Myra Mallock, como recuerdo de su viaje a Petra ———————— Los Boynton están de viaje por primera vez en mucho tiempo. Son una hermética familia cuya jefa es la madre, la señora Boynton, viuda de Elmer Boynton y ex celadora de una cárcel en la que él fue alcaide. Entre los hijos hay hijastros e hijos biológicos pero todos ellos parecen andar al mismo paso, el que marca la señora Boynton. Su exótico recorrido, que les lleva a lugares diferentes de Oriente, los pone en contacto con personas ajenas, como Sarah King, una joven doctora o Annabel Pierce, una antigua institutriz e incluso con gente importante como Lady Westholme, miembro del Parlamento Inglés. También conocen al famoso detective belga

La buena vecindad

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En el universo de mi infancia los vecinos forman un mosaico irrepetible, pleno, único. La calle en la que viví se me antoja, en la distancia física y temporal de ahora, como una especie de paraíso cruzado de nostalgia. Habitan en él personajes de toda condición, especímenes diversos, buena y mala gente, conocidos, amigos y extraños. Todos se colocan en esa foto como si fueran conscientes de que una imagen puede situarlos en la inmortalidad. Los momentos compartidos, las celebraciones, las fiestas en las que la mezcla era posible, todo ello forma parte de los ritos de encuentro, de las costumbres sociales, de los entretenimientos, de las diversiones. Las visitas eran un modo de compartir noticias, porque, como en todos los micromundos, había frecuentes y sabrosas informaciones. Podía decirse que éstas volaban de un lado a otro de la calle, larga y con tres tramos bien diferenciados, de suerte que, al cabo del día, podían llegar, si estábamos de suerte, al menos dos o tres te

Cuatro mujeres solas

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Cuatro mujeres solas se van a vivir en la primavera de 1809 a una casita campestre en Chawton. La casa es propiedad del hijo y hermano de tres de ellas. Se llama Edward y acaba de quedarse viudo. En la comitiva de esas cuatro mujeres están Cassandra Leigh, sus hijas Cassandra y Jane Austen, así como Martha Lloyd, amiga íntima que, unos años después, en 1928, se casará con otro hijo de la familia, Francis, también viudo. Las cuatro mujeres representan con fidelidad la situación que refleja la vida de las mujeres en la Inglaterra de principios del siglo XIX. La mayoría de ellas dependían de sus parientes varones para subsistir. Dependían primero de sus padres, luego de sus maridos y, si no existían estos, de sus hermanos. Un sistema de relaciones que no podía asegurar ni el cariño filial ni el matrimonial. La necesidad manda.  No era inusual el hecho de que las mujeres se agrupaban entre sí para fortalecerse las unas a las otras y para compartir casa y forma de vida. Esto las

Hadas, duendes y reyes

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Todo está a punto para la función. El patio del colegio a rebosar de gente indica que el teatro ha creado una expectación inusitada en el barrio. Padres y abuelos, hermanos, amigos, chicos que quisieran ser protagonistas, músicos frustrados, visitantes, vecinos, todos se apiñan en las sillas de tijera que una empresa ha colocado en filas exactas. Las sillas son incómodas y obligan a tener la espalda en una rectitud que solo los más pequeños pueden soportar sin fastidiarse. Pero merece la pena, en esta noche de San Juan, que los faunos y hadas ocupen el escenario, que aparezcan los rostros con focos de luz artificial que el ayuntamiento ha montado y que toda la música se expanda por los muros del colegio y aledaños.  Aquello es un jardín cercado de naranjos. Tiene las paredes blancas y encaladas, salvo la zona del escenario, un armazón de madera bien sujeto, blindado con cortinas azules y moradas, a salvo de miradas indiscretas el backstage. Las madres han cosido las ropas e

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

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Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend