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Una carretera azul


Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy. 

El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. 

Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules del mar de su infancia, estalló una pelea entre los dos. Se enfadó tanto porque ella se empeñaba en que existían las carreteras azules…A él no le gustaba que le llevasen la contraria y, sobre todo, no podía entender que los colores son convenciones, que no son una parte de la realidad, sino de cada realidad. Los días también tienen colores, te expliqué una vez, aunque ya lo has olvidado. O lo has tergiversado y convertido en un capricho más de los míos, alguien que quiere inventar la vida desde los libros. 


Si alguien te dice que eres una “charlatana de las letras” deberías preocuparte. O no preocuparte y alejarte lo más lejos posible. Yo aconsejaría siempre preparar un pequeño equipaje, una mochila incluso, y tomar el camino que conduce a la carretera azul, y de ahí, al mar azul, y del mar, al océano. 


Podrías quizá entonces hallar un trozo de la felicidad infinita que ha de repartirse entre todos los humanos. Una pequeña porción como si fuera un pastel gigantesco en el que hubiera de todo: chocolate, frutos del bosque, vainilla, turrón y nueces. Antes del viaje no deberías leer ningún libro que te hiciera llorar, porque los ojos han de estar secos y prestos para vigilar el camino. Aunque estés segura de que la vida no puede vivirse con la misma intensidad que los libros, haz una salvedad. Espera a cruzar la carretera azul y estar a resguardo. Solo así empezarás a darte cuenta de que tus carreteras azules existen porque tú las ves. 


(Pinturas: Raoul Dufy) 

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