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Amores que no matan (II)



Era la isla de todos los azules. Existen carreteras azules, azules trenes, lagos azules y un azul cielo en todos los amaneceres. Cuando el banco fondeó en la bahía vi levantarse a lo lejos los contrafuertes de la catedral, de piedra sólida, con un destello azul imperceptible. Azules son sus ojos, pensé en aquel castillo donde los figurantes vestían de túnicas moradas y llevaba sables de juguete o de atrezzo. Azules son sus ojos y yo los atisbaba en la noche de bengalas que cruzaban el tiempo de un abrazo. Era mi compañero, un amigo del alma, ma cherie, me llamaba y las voces se unían. En las tardes de sol y en las mañanas frescas nuestros pasos mezclaban en un mismo horizonte todo lo que pensábamos, todo lo que sentíamos. Ese mar tan azul, con esas vistas, el aire que azotaba la falda y se movía, los ojos en los ojos, tan azules los suyos, y yo prendida siempre pero sin entenderme. 
Me quisiste hasta el fondo y yo no te creí. No supe interpretar la avidez de tus manos, la cristalina rosa que me acogió a lo lejos, la postal del secreto, y las horas azules del hotel, en abrazos, en sutiles abrazos que nunca abandonamos. Todos los días del tiempo transcurrido desde que tu eco azul se me perdiera he pensado en quererte de algún modo, he pensado que era fácil quererte. Pero las muchachas no sabemos amar si el hombre nos acuna y no nos vence. Las muchachas huimos del amor, cuando el amor es noble y nos protege. Te perdí, no te tuve. Me quisiste, lo sé, y nunca tuve tiempo, nunca quise entenderte, me quedé con la duda antes de tu certeza. Varada en los azules de tus ojos.


(Fotografías de Mercedes Álvarez) 

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