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"Jarana a la irlandesa" de Edna O´Brien


(Fotografía de Nina Leen. 1909-1995)
 Jarana a la irlandesa es el primer cuento del volumen Objeto de amor, que acaba de publicar, en este marzo de 2018, la editorial Lumen, con traducción de Regina López Muñoz. La dedicatoria del libro va a uno de sus mejores colegas, y sin embargo amigos, el escritor Philip Roth ("por nuestra larga amistad"). Lo sustantivo del cuento son las chicas. Edna O´Brien (1930), es la mejor traductora a palabras literarias de los sentimientos y emociones de las jóvenes. Solo ella es capaz de apresar con nítida claridad esa efervescencia, esa búsqueda, esos remordimientos, ese binomio maldad-bondad que caracteriza a las muchachas en flor. Si fuera japonesa no lo expresaría tan bien. 
   Aquí hay algunas muchachas a las que les pasan cosas. Y señoras mayores que las reprenden. Y madres que no se hacen cargo de lo que significa ese esplendoroso momento de la vida. Y chicos deslavazados que no están a la altura casi nunca. Un retrato robot de un mundo de chicas. 
Mary está muy contenta. Ha recibido aviso de la señora Rodgers, la dueña del hotel Comercial, para que vaya. Eso ha hecho latir su corazón más aprisa. Quizá es que se ha cumplido su sueño: volver a ver a John Roland, pintor inglés residente en Italia, al que conoció hace ya dos años. En este tiempo no ha dejado de pensar en él, en que volvería a buscarla y así ella podría dejar atrás la vida miserable que lleva en su casa. La casa de Mary "era la única vivienda allá en la montaña, pequeña, enjalbegada, rodeada de unos pocos árboles y, por la parte de atrás, de un calvero que ellos llamaban huerto". Está cansada de cuidar a sus hermanos gemelos de un año, de vigilar a los hermanos mayores, de ordeñar las vacas y de no disfrutar del amor. Su madre es muy estricta y, al salir de la casa, "la roció con agua bendita, la acompañó a lo alto del camino y le advirtió que no probase ni una gota de alcohol". 
 Mary se dirige en bici al hotel Comercial, vestida de encaje, su mejor vestido, con su pelo oscuro suelto y su ilusión a cuestas. Cuando llega allí se encuentra con dos vecinas del pueblo que están ayudando en el hotel pues hay una fiesta. Son Doris O´Beirne, la hija del guarnicionero, con un ojo azul y otro castaño, que estudia para ser taquimeca. Y Eithne Duggan, feísima, bizca, con poquísima gracia. Las dos se ríen tontamente todo el tiempo y critican el engalanado vestido de Mary. También Crystal, la peluquera. Cuando se da cuenta de que la han llamado para trabajar Mary llora amargamente. 
La fiesta es un desastre. Y no le ha hecho olvidar a John Roland, al contrario, le ha agudizado su recuerdo. Ese momento en que él la besó, tras el cual, eso es cierto, "le confesó que no podía amarla, porque ya amaba a su mujer y a sus hijos". Pero, de igual modo que algunos hombres sin corazón, dejó que ella siguiera ilusionada, dejó que ella pensara que era especial para él. Por eso Mary no puede olvidarlo. Su familia es "gente adusta, que solo cuando alguien moría cedía a los sentimientos y el llanto", pero ella quiere soñar y quiere tener el amor al alcance de la mano. Quiere sentir "en el estómago el pellizco delicado y frenético de una chica enamorada"

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