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En el último minuto


(Fotografía de Matt Weber)

Eran una pareja mal avenida. No sabían mostrar sus sentimientos y, ni siquiera sabían ya, a esas alturas, si existían. Cada uno de ellos sentía la vida de una manera y nunca hubo un atajo por el que pudieran encontrarse. La familia sepultó a la pareja, la pareja dejó paso al individuo, a la duda y a la soledad. Se puede estar sola siendo una madre de familia numerosa y teniendo un marido. Se puede estar solo siendo un padre de familia numerosa y teniendo una mujer. Ambos estaban solos en esa casa llena de niños, ambos vivían una vida al exterior y su propia vida se quedó aparcada en un instante del pasado, sin posibilidad de vuelta atrás. Eran infelices a la vez. 

Los niños captan la infelicidad en el aire. Tienen un radar. Si en lugar de besos hay silencios, entonces la alarma salta. Si en lugar de abrazos hay indirectas, entonces los niños se asustan. Si en lugar de manos hay distancia, entonces no queda sitio para la confianza. Así los niños de la casa se convirtieron todos, uno por uno, en seres asustadizos, en personas desconfiadas, en jóvenes llenos de inseguridades, en adultos escondidos. No aparecía el amor por las esquinas, no rondaba el amor aquella casa, todo parecía que era de prestado, y así los niños pensaron que eso era la vida. 

Algo que no esperaban, sin embargo, sucedió en el último minuto. En el lecho de muerte. El hombre se moría, se marchaba, de ser un hombre a desaparecer, sin pasar por el trámite engorroso de la vejez. Un hombre aún joven se iba y en esa habitación donde el silencio había sido la norma, donde la soledad había cuajado, donde las camas separadas eran mudo testigo de un adiós prematuro, el hombre la miró y pronunció las terribles palabras que abrieron una zanja insoportable: Te quiero mucho, dijo, y expiró. Y después, la mujer, que llevaba toda la vida esperando oír estas mismas palabras, decidió habitar para siempre el reino del sonido del amor, y allí se quedó, sin recordar lo que antes había sido, sin saber lo que después había pasado. En el aire, sin otra cosa que un amor que nadie supo mostrar en los instantes de la vida. 

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