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Cosas inútiles


(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980)

Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia.

Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mira a lo lejos, entreabre los ojos y guarda en ellos sus miles de secretos. Nada ha sido dicho tampoco ahora, pienso. Ella permanece callada.

Realmente, dice ella, no entiendo cómo he llegado hasta aquí. De qué manera la emoción me contagió al mirarlo. Cómo guardé dentro de mí lo que era, sin que me perteneciera nunca. A lo lejos, en cualquier parte, un hilo de su vida parecía revolotear en torno mío. Y por eso creí que las cosas eran posibles y los deseos podrían cumplirse. Pero me equivoqué. Esa certeza la ha asustado, corroboro. Por eso no quiere confrontar lo que piensa, lo que sabe o vive. Y prefiere cerrar los ojos y las manos, manos cerradas que no esperan nada, ni ternura, ni vida. Nada ardiente, clamoroso vacío. 

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