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Sagas juveniles y novela fantástica. El nuevo romanticismo.


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Tendríamos que estar atentos al resurgir de la novela romántica y de la novela gótica. El primero es más evidente pues hay escritores (sobre todo escritoras) que se declaran abiertamente romanticistas, siguiendo la gloriosa estela que dejaron los escritores anteriores, a partir del siglo XIX. Este neorromanticismo literario, no confundir con la novela rosa, tiene algunos elementos que merece la pena destacar como su versión joven, dirigida a los chicos adolescentes y menores de veinte años, que han encontrado aquí una forma de acercarse a la literatura que resulta muy eficaz. Por supuesto, en estas historias para jóvenes no faltan los ingredientes básicos de cualquier novela romántica: la idealización de la naturaleza, la muerte y el amor como elementos fundamentales, la fuerte presencia del yo subjetivo, las notas de color local, el lenguaje poético y, sobre todo, el romance como conductor de la acción.


La novela gótica tiene, por su parte, un origen anterior, último tercio del siglo XVIII y está localizada sobre todo en Inglaterra, poniendo precisamente los cimientos del romanticismo que llegará más tarde. En el género gótico aparecen los elementos mágicos, los fantasmas, el terror, los personajes imaginarios, unas localizaciones especiales para crear congoja al lector, la aparición de lo sobrenatural, el mundo onírico y algunos estereotipos en los personajes: el malvado, el héroe, la bella muchacha.
Lo que está sucediendo ahora mismo en la literatura juvenil es que se están fundiendo ambos géneros y se ha creado una suerte de nuevo género mixto gótico-romántico, que aporta todos los elementos y que tiene a los lectores de estas edades subyugados con las diversas sagas que siguen con enorme atención. Es la fantasía el leit motiv de estas historias, la creación de un universo diferente al real, en el que conviven personajes irreales, nacidos de la imaginación del autor y cuyas historias no tienen cortapisas racionales: todo puede ocurrir. En este sentido, la saga Harry Potter es un ejemplo claro de esta nueva literatura aún no suficientemente estudiada.


Resulta muy curioso que el romanticismo de estas sagas y novelas no tenga nada que ver con el que destilan las obras de novela romántica destinadas a adultos, pues estas reúnen una lucha de sexos bien latente. En las novelas de jóvenes el amor romántico sigue existiendo como fuste esencial de la historia y, en la mayoría de ellas, ese amor ha de sufrir mil contrariedades para que pueda realizarse. Sin embargo, las novelas románticas para adultos (quizá habría que decir para adultas) tienen un poso de realismo bien asentado, no tratan de contarnos historias dulces sino, más bien, poner de manifiesto que el amor es una especie de entelequia y que las mujeres (pues tienen un marcado acento feminista) son capaces de vivir sin amor y de solucionar sus problemas por sí solas.


Esta visión es, sin embargo, solo aparente. En realidad tanto la historia como el desenlace generan un prototipo de mujer que sigue siendo fiel a la expectativa del amor tradicional. Las novelas románticas han de acabar bien para que las lectoras terminen con un buen sabor de boca y para que se haga posible el dicho de que el amor todo lo puede, incluso salvar dificultades de clase y educación (algo ya clásico en los novelones del XIX) y también las nuevas trabas que impone la vida moderna (la infidelidad, las relaciones virtuales, las diferencias de edad o la independencia femenina frente al poder masculino).


Quizá las autoras de estas novelas románticas actuales no se conozcan herederas de Corín Tellado y prefieran remontarse a referentes más reconocidos y lejanos pero, puestos a ser justos, no se pueden obviar esas historias, condensadas en novelitas pequeñas de uso rápido y de venta fácil, que alimentaron la imaginación de miles de mujeres en los años pasados del siglo XX.
  

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