Ir al contenido principal

"La ciudad blanca" de Karolina Ramqvist

Aunque puede parecer un thriller sosegado, en realidad este libro La ciudad blanca, de Karolina Ramqvist (Gotemburgo, 1976) es una novela psicológica. La fuerza de la narración, su empuje, incide en sus personajes, sobre todo en los dos personajes principales, una mujer Karin, y su hijita de meses, Dream

Podríamos preguntarnos cómo una niña de meses puede ser protagonista de un libro así, con tanta carga física, con tanta insinuación poderosa, con descripciones pormenorizadas de asuntos que para nada son infantiles, pero es cierto. Porque Karin, desde que John, su pareja y padre de la niña, ha desaparecido, no es solo ella misma. Es ella y ese bebé, al que amamanta, limpia, cuida, entiende y sobrelleva. Ella, con sus problemas con la subida de la leche, con la falta de dinero, con las secuelas de la mala vida que ha llevado con John (una mala-buena vida de película), es la que tiene que convertirse en la persona que intente sobrevivir junto con la niña. 

Resulta extraño tanto detalle en actos aparentemente triviales, cotidianos, familiares. Pero es precisamente ese detallismo el que sirve como contrapunto al horror. Una vida de mierda, hecha al margen de la ley, tiene también, eso viene a decirnos la autora, muchos momentos de aparente normalidad, de sencillos gestos como los tenemos todos. Aunque Karin guarde en su casa armas, aunque aproveche que un chaval le lleva pizzas para acostarse con él, aunque mendigue ayuda de gente como Therese que parecen haber olvidado su antigua amistad, aunque lidie con los agentes de asuntos económicos, siempre, en todo caso, Karin es una madre que lleva consigo a su hija, en su carrito, en sus brazos, en la silla del coche que conduce entre las carreteras nevadas. Y nosotros, los lectores, estamos asistiendo a esos gestos continuos esperando que pase algo. Sabemos que algo va a pasar porque el cielo amenaza con romperse y porque Karin está siempre en la antesala del hundimiento. Esa sensación de lo por venir cierne el contenido del libro hasta el extremo. Es el miedo a lo desconocido, a lo que puede pasar incluso llevando a una niña en los brazos. 

Mientras la madre intenta sobrevivir, la niña sigue su desarrollo, casi ajena a todo lo que está ocurriendo en su entorno. El relato de los avances de la niña aparece escrito con ternura, con mucha atención, a pesar de que los acontecimientos no favorecen el disfrute del descubrimiento de la vida:

"Se oyó un ruido de algo que se arrastraba, se volvió y vio a Dream en el suelo: avanzaba reptando sobre el parquet tal y como acababa de aprender, se impulsaba con los codos y dejaba que las piernas se deslizaran detrás..."

"Tenía algo blanco en la boquita. Le metió el dedo y tanteó un poco. Le había salido un diente. Allí estaba, como una aguja clavada en aquella base húmeda y blanda"

"Dream jugaba con el cable blanco y ella estaba inclinada sobre la isla de la cocina hojeando la revista para madres o mirando por la ventana"

"Cuando alcanzó el sofá, logró ponerse de pie y dar unos pasos junto a la mesa sujetándose con las dos manos. Entonces soltó la mesa, se echó a reír y se dejó caer sobre el trasero. Se levantó y repitió la operación una y otra vez, hasta que se fijó de nuevo en el cargador y empezó a gatear hacia él"

Hay momentos en que la descripción es tan asombrosa que estamos viendo cómo la pequeña está a punto de caerse o, incluso, se cae en uno de los cajones grandes de la cocina, o cómo Karin resbala cuando va a casa de Therese, porque el suelo está lleno de hielo cuajado y los botines tienen un tacón muy fino, o cómo contempla los paisajes helados que rodean la casa soñada en la que ha vivido con John hasta que él ha desaparecido. Es una descripción cinematográfica. Son escenas de una película que vemos con nitidez. 

Y luego están las sensaciones tan femeninas después del parto. El frío de su propia persona y el calor que desprende su hija. Una constante, esa alternativa entre frío y calor que se sucede durante todo el libro. La madre despide calor para cuidar a Dream, la niña refleja ese calor. Pero la madre es, también, una mujer que ha perdido a un hombre, una mujer que lo ha perdido casi todo, y esa sensación es fría como el hielo que rodea la casa, aislada y desde la que se observa el baile de los ciervos.

La pérdida de la figura tras la maternidad, la flaccidez del pecho que debe criar al bebé, las estrías, el dolor íntimo e intenso cuando la niña chupa y convierte su alimento en una cruz para su madre ("Dream parecía disfrutar de la leche tibia de un modo como ella no creía haber disfrutado nunca de nada"), la depresión de no saber si vas a ser capaz de salir adelante sola.

La soledad es otro aditamento. Karin está ahora sola del todo porque John no está (¿qué ha sido de John, ha muerto, se ha marchado, dónde está John?) y porque los supuestos amigos que antes habían adorado su presencia han decidido que no vale la pena y que ella no importa nada. Todos, casi todos. Soledad, maternidad, ausencia del ser querido, lucha por subsistir, burocracia. También submundo, drogas, mala vida, desconcierto, suciedad, pérdida en todo caso. 

No puedo decir que el libro termine esperanzado sino que acaba de la única forma posible. No queda otra.

La ciudad blanca. Karolina Ramqvist. Título original: Den vita staden. Norsteds. Estocolmo, 2015. 
Primera edición en Editorial Anagrama: noviembre 2017
Traducción Carmen Montes Cano
Diseño de la colección Panorama de narrativas en Anagrama: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración de portada: Untitled. Gregory Crewdson. 
188 páginas

Karolina Ramqvist. Ha publicado relatos, ensayos y cuatro novelas. Como periodista destaca su trabajo como editora jefe de la revista Arena y sus colaboraciones como columnista del diario Dagens Nyheter. También ha ejercido la crítica literaria y ha escrito sobre política. Está considerada una de las escritoras suecas más influyentes de su generación. La ciudad blanca, su consagración internacional, se traducirá a ocho idiomas. (Nota de la editorial) 


Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes