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La mujer callada


(Leonor Fini. Autorretrato con sombrero rojo. 1968)

No creas que ha sido fácil. Se ha precisado un largo entrenamiento, una aceptación total y un vuelco a la emoción que se lanzaba sola. Antes, cuando todavía el viento oscuro del silencio no había llegado, ella se movía como pez en el agua en las palabras. Asentía, comentaba, contaba, rezaba, cantaba, decía. Los verbos se mezclaban con los ambiciosos adjetivos, de dos en dos, de tres en tres. Los nombres tenían la mayor de las disposiciones para convertir en sueños los deseos y los deseos en realidades. Luego estaban las preposiciones, las conjunciones y las pequeñas partículas de antes y de después, bien ajustadas, compuestas, libres, pero engarzadas en una joya sin precio, en una frase. De esa forma el pensamiento no tenía fronteras, el corazón se ensanchaba cuando iba a pronunciar un pequeño discurso y la boca se movía al compás querido de la brisa. Todo era vivir y así se compartía lo que los hombres tienen más a mano: su ser hecho sentido y depósito de esperanza. 

No creas que ha sido fácil. Cuando la mortecina espada claqueteó demasiadas veces sobre ella, la espalda se encorvó en grado sumo y la voz se convirtió en un ahogado susurro del que nadie supo su procedencia. Las palabras se escondieron en el desván de un pasado sin retorno y los sentimientos tejieron su final sin que ninguno tuviera la suficiente osadía como para quejarse. Eso de las quejas no hace juego con el orgulloso silencio que ha de ostentar alguien que está segura de que, al otro lado del sonido, no queda nadie.

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