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Gente cursi


Ser cursi no tiene época, ni clase social, ni edad, ni sexo. Es una actitud que procede de la equivocada percepción de quien quiere ser sin poder, de quien olvida las virtudes que adornan al individuo auténtico: la verdad, la espontaneidad. En Orgullo y Prejuicio, el libro que Jane Austen escribió con veinte años y publicó mucho tiempo después, hay espléndidos ejemplos de cursilería. 

Para no ser exhaustivos, quedémonos con uno: las hermanas de Bingley. Caroline Bingley y la señora Hurst dan vivas muestras de ser unas auténticas representantes del cursilísimo hábito de mirar a los demás por encima del hombro y de querer parecer más de lo que, en realidad, son. 

Porque, vamos a ver, todavía se me escapan los méritos que ambas damas poseen para considerar que la sociedad de Longbourn es poco refinada para ellas. O que el noble ejercicio del comercio y de la abogacía son claramente manchas en su curriculum familiar. O que los Bennet son inferiores por el hecho de tener una madre bocazas. Así podíamos hacer una enorme lista de consideraciones que nos dejarían patidifusos. O, mejor, patidifusas, por cuanto considero que la lectura de este artículo es cosa de damas y no de señores, que andarán, Dios lo sabe, revisando por enésima vez el fuera de juego del partido de X contra Y, esa épica hazaña que no se les borra del disco duro. 


Recuerda el baile en casa de los señores Lucas en el que Darcy conoce a Elizabeth. Allí llegan, pagados de su grandeza, el propio Darcy, Bingley, sus hermanas y su cuñado. Un cuñado, por cierto, como deben ser los cuñados: borrachines, aprovechados y vividores. La gente del lugar los admira por sus vestidos elegantes, sus peinados sofisticados y sus expresiones afortunadas. Nada de cockney, inglés de Oxford cien por cien. Y, por sus miles de libras de renta, todo hay que decirlo. “No sería tan guapo si no fuera tan rico”, Elizabeth Bennet dixit. 

Pero, aclaremos. Es Bingley quien tiene cinco mil libras de renta al año. Y sus hermanas, sencillamente, viven de él. Por eso, entre otras cosas, no les interesa para nada que él se comprometa con una chica. Serían segundonas en la vida y hacienda de su hermano. Así que no está de más portarse indecorosamente orgullosas y considerar que todos esos vecinos les deben un favor por acceder a acudir a su fiesta mediocre. El campo inglés en estado puro, la gentry, recibiendo ad hoc a la élite de la sociedad londinense. 

En la gran sala de baile de los señores Lucas (grande, pero incomparablemente más pequeña que la de la ínclita tía de Darcy, Lady Catherine de Bourgh), la mirada aviesa de las Bingley otea el horizonte y recorre, parsimoniosamente, el perímetro, observando a los bailarines, sus atuendos, sus peinados y joyas, así como la habitación, el moblaje, las velas, los criados…Puro cotilleo, diríamos hoy. Y sin condescendencia alguna. Cortar trajes es una ocupación tan vieja como el mundo. Y que no excluye a nadie por razones de sexo, clase social, raza o creencias, añado. 


Ellas mismas, la señora Hurst y la señorita Bingley, van ataviadas de un modo exagerado, a la última moda de Londres. Vestimentas que pueden resultar adecuadas para ir al teatro o a una recepción en el palacio de Saint James pero no desde luego para un baile campestre que es, al fin y al cabo, lo que podría definir este festejo. Las chicas Bennet, las Lucas, el resto de invitadas, usan la muselina, la seda o el encaje blanco, beige, gris, celeste o rosa, propio de los bailes de la época, en los que no existiendo luz eléctrica había que alumbrarse con velas y lograr que la atención recayera en la ropa a través de esos tonos luminosos. Pero las Bingley, que han decidido hacerse notar, aparecen con vestidos estruendosos, de colores llamativos, con aderezos imposibles en el pelo, perlas en el cuello, pulseras estrambóticas, con un modernismo elegante, en suma, fuera de lugar. Son ostentosas y, por ello, resultan cursis. En un instante, al “verlas”, pienso en Hermione Roddice y su atuendo gris de plumas en la boda de la hija pequeña de los Cricht, allá en las Middlands.  

También su actitud lo es. La displicencia con la que tratan al señor Lucas, del que se ríen abiertamente al considerarlo un tendero venido a más. La diversión que obtienen del comportamiento de la señora Bennet, harto llamativo desde luego, pero que se convierte en objeto de sus chanzas. El desprecio hacia Wickham, no por sus hechos deleznables con Darcy sino por su origen, por ser hijo del administrador de Pemberley. En la cursilería hay mucho de clasismo aunque, repitiendo una frase de origen familiar (de mi familia, aclaro): “Tanto presumir y no saben que existen los cubiertos de pescado”. 


Por supuesto, la ojeriza que siente Caroline Bingley hacia Elizabeth tiene un origen más prosaico y quizá más profundo al mismo tiempo. Es tan sencillo como la mirada de las brujas sobre las hadas mismas. Se da cuenta de inmediato de las atenciones y el interés que la muchacha despierta en Darcy, en el que ella tiene puestos sus ojos aunque, todo hay que decirlo, de manera inútil porque a él no le interesa ni le gusta lo más mínimo. En eso demuestra Darcy su inteligencia, algo no tan común en los hombres a la hora de elegir el objeto de su veneración. 

Cursilismo, cursilería, cursis, cursilísimas, todo ello puede leerse en este delicioso libro que nunca agota nuestra imaginación ni el placer de conocerlo. 


(Orgullo y Prejuicio, Jane Austen) (Fotografías de la versión de la BBC del libro, 1995)


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