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Camarón, 25 años


(Foto de José Lamarca. Camarón y Paco de Lucía) 

En agosto de 1992, apenas un mes después de la muerte de Camarón, se presentó en la Isla de León un número extraordinario de la revista "Sevilla Flamenca" dedicado a su figura. Fue un esfuerzo récord el que hicieron los hombres y las pocas mujeres que la gestionaban y escribían, hecho con el objetivo de estar presentes sin demora en el duelo del artista. Allí, en el transcurso del acto, se dirimieron dos posturas que, sin saberlo quizá sus protagonistas, han sido las referentes en el discurso intelectual del flamenco de las últimas décadas. Camarón o Mairena. 

Enrique Montiel, biógrafo que sería poco después de Camarón en su libro "Camarón. Vida y Muerte del Cante", y Luis Caballero, cantaor, escritor y especialista máximo en este arte, tenían visiones diferentes de cómo la posteridad los trataría, no solamente a ellos, Camarón y Mairena, sino a sus discípulos. Sostenía Luis Caballero el carácter de ortodoxia que distinguía a Mairena y cómo eso mismo aseguraba su perdurabilidad por los siglos de los siglos. Lo avalaban entonces la pléyade de artistas que seguían la estela del artista de los Alcores y que reproducían su forma de entender el cante. También estaba detrás el pensamiento oficial sobre el flamenco que, en aquellos días y desde hacía años, respaldaba el papel de Mairena como sumo sacerdote y oficiante principal del rito flamenco. 

Por contra, Enrique Montiel aventuraba que la huella de Camarón sería mucho más duradera, precisamente porque, al no constituir un corpus tan estructurado como el otro, podía dar lugar a que se interpretara al modo especial de cada artista y constituir una escuela aunque nadie lo hubiera supuesto al inicio de su revolución. ¿Puede un heterodoxo constituir el primer eslabón de una escuela? Esa era la cuestión que estaba sobre la mesa. 


(Camarón y Paco de Lucía en la Cata Flamenca de Montilla, 1971. Foto de ABC de Sevilla)

Ambos especialistas libraron una encarnizada discusión que solo el carácter educado de ambos y la necesidad de que el combate fuera con finura florentina no hizo que llegara a más. Pero las secuelas de ese desencuentro siguieron flotando en el aire y es ahora el recuerdo más nítido que me llega en este día en que se recuerda la muerte del cantaor de La Isla. Más allá de las imágenes dolientes del pueblo de San Fernando recibiendo el cadáver a las puertas de la Venta de Vargas, me parece que las posturas de Montiel y Caballero fueron el adelanto de una reflexión que cabría hacer y que, el paso del tiempo, ha ido modificando en su signo. 


                                    (Foto de José Lamarca. Camarón y Paco de Lucía) 

Lo que parecía imposible de ocurrir, ha sucedido. El avance mairenista, que copó la estética flamenca durante décadas, se ha detenido, ha retrocedido e, incluso, en cierto modo, está pasando a ser vintage. La concepción "revolucionaria" de Camarón, por el contrario, impregna el hacer flamenco desde entonces, convirtiéndose en una tendencia, una línea, que, a pesar de que se sustenta en una libertad de acción mucho mayor que el mairenismo, contiene también su parte de dogma y su parte de postulado. Lo que es más importante, no es exclusiva de Camarón ni la inició él.

Sin embargo, hay dos elementos definitorios que convergen en la obra de Camarón y que no pueden negarse. El primero, que la influencia de su música no se ha limitado ni se limita al ámbito flamenco, sino que planea sobre toda la música popular. No hay más que ver la trayectoria de los artistas españoles en las últimas décadas y la manera en que Camarón, su forma de cantar, su deje, su aire, su quejío, se refleja en sus canciones. El segundo, el arrastre que la música de Camarón ha llevado a cabo con respecto a los jóvenes, reintegrados al flamenco después de años de distancia a partir de su obra. 

Desde que el flamenco existe tal y como lo conocemos, hace unos doscientos años más o menos, siempre han pervivido ambas posturas, ambas estéticas, ambas formas de hacer y de ser. La innovación y la tradición. No se entienden la una sin la otra y las dos beben de fuentes comunes. El legado de quienes, partiendo de bases previas de distinta naturaleza, fueron capaces de conformar los cantes y de construirlos como si de una obra arquitectónica se tratara. La creación de los cantes, siempre reformada por el nuevo arquitecto que los canta, es el hecho fundacional y, sobre esto, la dialéctica entre lo canónico y lo original es la manera en que el flamenco procede a reinventarse sin olvidarse a sí mismo. 


Resulta extraordinario que la estética Caracol, que aparentemente fue vencida por la de Mairena a partir del Concurso de Córdoba y la concesión de la III Llave de Oro del Cante, triunfe a la larga, al menos de momento, reencarnada en la estética Camarón. Y, en esa vuelta de tuerca que es el flamenco como música contemporánea y de creación, también hay que resaltar en este aniversario que, de la misma manera que Camarón representa la vindicación de quienes antes que él habían optado por salirse de la raya, asimismo significa la feliz fusión, el encuentro inaplazable entre el instrumento y la voz del hombre, entre la guitarra y el cante. Eso, como no puede ser de otra forma, es lo que indica su legado, con el concurso imprescindible del genio de Algeciras, Paco de Lucía, quien llevó la revolución al terreno del toque, constituyéndose en el modelo de todos los tocaores en la actualidad y cambiando la relación entre guitarra y cante. 

Si las imágenes fueran el hilo conductor de esta historia lo tendríamos muy claro. Dos jóvenes risueños, muy parecidos, retratados magistralmente por José Lamarca, llegan a evolucionar a estéticas muy parecidas siendo ya hombres maduros, en ese gesto que los hermana a ambos más allá de la música. 

José Monje Cruz, Camarón de la Isla. Nació en San Fernando (Cádiz) el 5 de diciembre de 1950 y murió en Badalona el 2 de julio de 1992. 

Francisco Sánchez Gómez, Paco de Lucía. Nació en Algeciras (Cádiz) el 21 de diciembre de 1947 y murió el 25 de febrero de 2014 en Quintana Roo (México). 

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