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Libros, autores... y el traje nuevo del emperador


"El traje nuevo del emperador" de Hans Christian Andersen es uno de mis cuentos favoritos. La moraleja que encierra es genial. No tiene uno que mirar con los ojos de otros. No siempre lo que muchos ven es la realidad. No hay preguntas estúpidas. Todo eso se guarda en el relato y en su final. Y hay más cosas. El cuento es una muestra del servilismo ante los poderosos, de esa forma de agachar la cabeza ante los que consideramos más que nosotros. A veces ese servilismo ni siquiera pasa por tal y no se advierte. Porque hay personas que nos hacen sentirnos menos que ellos, o que lo intentan. 

La inocencia del niño que grita la verdad, el emperador va desnudo, es la culminación de una esperanza. La de conservar esa inocencia, la pureza de los años limpios, el corazón abierto a las cosas como son, no como parecen o como deben ser. Ese grito es un grito que nadie debería dejar atrás, en el desván de la memoria, en la bruma de la infancia perdida. 

Si Andersen escribiera ahora su cuento u otro similar quizá podría referirse a los adefesios que se publican y que se dan en llamar libros, escritos por quienes se llaman a sí mismos escritores. Auténticos mamarrachos que nadie se atreve a tildar de mamarrachos. Auténticos bodrios mal escritos, sin sentido y sin valor alguno. Gente que tiene fama incluso y que son un desastre sin paliativos. Nadie grita que es una mierda tal o cual libro y que tal o cual escritor o escritora es un verdadero asco. Me pregunto por qué. Y recuerdo que Jane Austen se pagó sus libros, se mantuvo escondida todo el tiempo y publicó póstumamente algunas obras. Hacen falta niños con el alma limpia para gritar en este paraíso de la mentira literaria que hay esperpentos que no son de Valle, sino de una ingente cantidad de malos escritores bendecidos por el poder literario, los cenáculos arribistas de los críticos pagados y a saber cuántos más metidos en el ajo. 

No daré nombres. Todos los conocemos. 

Va desnudo. El emperador va desnudo. 

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