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Juego sucio


(Firth Avenue at Twilight. 1910. Lowell Birge Harrison. Instituto of the Arts. Detroit. USA)

Tenía una memoria azul y transparente. De ordinario, podía guardar en ella sabores, olores y sonidos, pero no rostros, apenas nombres, casi nunca hechos. Solo sensaciones inexplicables o difíciles de clasificar. Una memoria de lo etéreo, de lo que sobrevuela, de lo que se escapa a lo inmediato. Una memoria de la intuición, de lo que permanece con el paso del tiempo porque es una pequeña semilla que anida y se cubre de otras. 

Cuando entró en aquella forma de vida que no le pertenecía sintió miedo porque era algo que se escapaba de las manos. Todo el tiempo tuvo miedo. Esa era la palabra más suya. Miedo a hacer algo mal y a hacerlo bien. Miedo a perder nada y a perderse. Ese miedo que aparecía de madrugada y que se escribía con palabras que no reconocía como suyas. Alguien había hecho brotar un punto de vista que nunca antes encontró ni hablado ni escrito. Nada de eso me importa, solía decirse. Pero luego, cuando quería escaparse, se topaba con un enorme espejo en el que veía reflejado otro rostro. Y entonces todo volvía a empezar, como una rueda espesa y circulante que no tiene manera de detenerse. Nada la detenía. Empezar. Otra vez empezar. Y el miedo. 

Pero no soy yo, se decía. No soy yo y de esto no entiendo nada. No sé nada. En ningún sitio está escrito que yo tenga que formar parte de esta representación. Este inmenso teatro, absurdo y lleno de rendijas por las que entra un frío glacial y un calor insoportable. Las noches y los días y todas las horas tenían interrogaciones que no podía contestar. Así que las preguntas dejaron de existir. No hay preguntas, tampoco respuestas. Esto es así. Es el miedo. Y te persigue. Te ronda. Te secuestra. Te devuelve a la sombra. La sombra había comenzado así, en un lenguaje antes no hallado, en una mirada que se trasmutaba en perversión. Las cosas no existían antes. Ya no recuerdo nada de lo que fui. 

El fondo del azul se convierte en negro. A pesar de la oscuridad, quizá hay un silencio que lleva algunos resplandores. Haces de rojo, de naranja, de rosa. Los colores de la vida antes de esto. Antes del miedo, la vida tenía otros colores. Se pintaban cada día al compás de las cosas. Esas cosas que ya no reconozco. Pero están ahí, al borde del abismo que debo sortear si quiero verlas. Escribe esa esperanza, se decía. Dedícale los pensamientos que gastas en pensar que no eres nadie. No mires a uno y otro lado de esa zanja. No tienes nada que ganar con ello. Así son estos tiempos. No te dejes sobornar por el vacío. No existe. Ni el miedo. No sirve. 

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