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A la sombra de un lazo violeta


Las tardes tenían un denso tono amarillo porque el calor se aposentaba en ellas y no se marchaba hasta bien entrada la noche. Los amaneceres sorprendían a todos en medio de un sueño tardío y sudoroso. El pueblo se aletargaba en verano y extendía su placidez como una cinta dorada al borde la carretera. Las tareas diarias, las compras, el trabajo, el vino del mediodía, todo se convertía en un ejercicio lento, demorándose los sentidos que sólo parecían despertar en la madrugada, cuando, por fin, un fino manto de transparente rocío lo cubría todo. Así, las horas se escribían con el paso cansino de los rayos del sol, que, día a día y sin descanso, presidían la vida del pueblo. 

La casa poseía una gigantesca alberca, un espacio húmedo y fresco, teñido de azul, encajado en la huerta a la que daban las habitaciones de atrás. Un lugar privilegiado, único. Las habitaciones tenían una pequeña terraza, suficiente para sentarse a esperar que el cielo se cerrase, que las estrellas lanzaran sobre la casa su frialdad, que el sueño llegara. Algunos días en las fiestas, las noches y las madrugadas eran otra cosa, lucían otro color. Las muchachas se lavaban el pelo con champús de lavanda y se aplicaban después unas gotitas de vinagre de manzana para dejarlos más brillantes y sedosos. Luego, los secaban con cuidado y los adornaban con lazos, horquillas, diademas, para que acompañaran sus vestidos nuevos, hechos a medida o comprados en Madrid. 

Estaba aquel vestido naranja, con florecitas pequeñas y un gran escote, con mangas apenas esbozadas y una falda amplia, ceñido a la cintura con un lazo violeta. Era un hermoso vestido que daba una luz especial a las noches de feria, cuando salían en secreto de la casa, escondiendo los zapatos de tacón y la barra de labios, haciendo movimientos de ballet para no producir ruido alguno. Justo en la puerta de la casa, cerca de la esquina de la calle, los chicos esperaban con un viejo coche prestado y blancas camisas de algodón, arremangadas hasta el codo. 

Una vez hubo una boda y rompió la rutina de los días, la marcha cadenciosa de los paseos, el ritmo de las compras, la secuencia de las charlas al anochecer. Abrió un espacio nuevo en el que durante algún tiempo no se habló de otra cosa. La novia, que era muy joven, llevaba un vestido cuajado de margaritas y más margaritas blancas en las manos, con los tallos largos y firmes. La tarde aún no había colocado en el horizonte su franja azulada cuando la novia cruzó el umbral de la iglesia entre susurros y pasó, erguida, entre varias muchachas que llevaban vestidos de fiesta y peinados nuevos. 

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