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Un pájaro con las alas rotas



Miraba sin ver. La calle estaba desierta a esa hora de la tarde. Hacía calor. Le sudaban las manos. Pensó en que debería volver a casa. Llevaba mucho tiempo deambulando, dando vueltas en torno al mismo sitio, una extensión de parque abierto, en el que las flores nunca aparecerían. El suelo estaba surcado de miles de pisadas. Todo parecía acabado, muerto, en una especie de contemplación del duelo, en una alarma sonora de cristales. No existía ningún atisbo de esperanza en aquel paisaje y ella lo contemplaba como si lo hubiera visto antes, como si esa no fuera la primera vez. Toda la gente se había alejado de allí. Acabada la fiesta, no existía razón alguna para permanecer expectante en ese sitio, como si esperara un milagro, como si un acontecimiento estuviera aún por venir. Ella miraba a todos lados pero no veía nada. Su vista se fijaba en un espacio interior que no tenía motivos, ni explicaciones, ni susurros, ni música. Era una voz que le hablaba de que debía seguir andando, de que allí ya no tenía nada que hacer.


Cruzó la plaza lateral y allí encontró a unos niños. Eran cinco y estaban sudorosos, como si el ejercicio físico los dejara exhaustos. Se tiraron en el suelo, al borde de la acera, y empezaron a reírse acompasadamente, a modo de canción, a modo de latido interno que no pudiera detenerse. Ella los vio y quiso reír como ellos y busco las risas y entonces las risas se marcharon muy deprisa, como si tuvieran algo que hacer ineludible, un compromiso, una excursión, una puesta en escena en un teatro. Las risas se marcharon y no tenían intención de volver ni antes ni ahora.


En una de las ventanas asomaba la cabeza semiescondida de una mujer. Apenas se había peinado. Tenía los ojos enrojecidos y las manos en las mejillas. Se sujetaba la cara como si quisiera ocultarla, como si hubiera cometido un crimen. Esa mujer tampoco la veía, tampoco reparaba en ella y ella quiso también ser invisible, marcharse de allí en una suerte de constelación extraña, sin ruidos y sin recelos, solamente ella, sola y sin voz. Recordó entonces la escena. Había sucedido en los días anteriores. No sabía exactamente cuando. Las fechas le bailaban en la cabeza. Solo recordaba que había intentado marcharse, evitarla, pero los pies no seguían su impulso. Tenía las manos cansadas y no podía mover el cuerpo. Se apoyaba en una pared, así se vio en su imagen, en su recuerdo. Apoyada en la pared, deseando volar. Pero era un pájaro con las alas rotas. Las había desplegado demasiado tiempo, demasiado deprisa, demasiado alto. Y ese era el precio que tendría que pagar.

(Imágenes. Impresionismo americano. Pinturas de Frederick Childe Hassan. 1859-1935)

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