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He abierto las ventanas y visto el otro lado


Una niña desnuda y sin abrazos. Eso eras. Venías siéndolo desde el tiempo en que los días azules suceden a la aurora. Y él lo supo y por eso calló pero, sencillamente, sintió que en el abrazo estaban las razones. Así tejió las horas en torno a una promesa que no escribió pero que se mantuvo incluso cuando el tiempo era desapacible. Las negras torrenteras de la ira, el salpicar incesante de la envidia, las huellas indelebles del pasado, el transcurrir insomne de las dudas. Él supo comprender que no era necesario convertir en palabras el hueco de los cuerpos. Y así, en un inmenso abrazo, quedó sellada la comprensión perpetua. 


Te entendiste a ti misma en aquel tiempo y fue menos pesada la vieja soledad. Y el miedo pareció disiparse, aunque a veces estaba la traición y lo avivaba y todo se oscurecía sin remedio. Pero él movía de un manotazo alegre la espesura y tornaba en ligera sensación de futuro el pasar de la vida. Tu indecisa razón halló un motivo, un anclaje que debía sostenerte y con él ya la perversa noche no tenía sentido,  el dolor se matizaba en pleno, el sueño se convertía en paisaje. 


¿Qué hacer ahora sin ti? te preguntas a veces. Y despliegas su nombre como una nueva estampa de un santo renacido. ¿Estás en algún sitio? te preguntas. Renuevas apenas sin poder la promesa que te hiciste de llorar solamente lo justo. Andaste y desandaste mil veces un camino y ahora su huella, las migas, las piedras, los sonidos, deberían anotarse en tu diario, como si fueran una guía segura. Una ruta trazada en la que algunos puertos llevaran un equipaje de preciada ventura. 


Contigo, le dices al oído, llegarían ejércitos de rosas y este desasosiego se trocaría en rutina, no de la que taladra el corazón inclemente, sino de la suave, sencilla, cotidiana, rutina de los besos, de las manos. El feroz viento negro que se llevó tu hora, que convirtió en pasado todo lo que cubría mi cobardía y mis hombros, reaparece en forma de quebranto y no deja despertarse a la aurora. Te quiero aquí, sobre todo conmigo. Esparce, aunque no estés, un halo de blancura, que quiero recobrar la gota  de esperanza que parecía existir en la ventana abierta. 

(Todas las ilustraciones son de Pierre Bonnard. 1867/1947)


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