Ir al contenido principal

"El domingo de las madres" de Graham Swift



Jane Fairchild tiene veintidós años y trabaja de criada en casa de los Niven. Estamos en 1924. Es el 30 de marzo, el día en que las criadas tienen permiso para dejar sus trabajos y volver con sus familias, a las casas pequeñas y poco ventiladas en las que habrá un asado especial para recibirlas, incluso aunque sea un día de calor como este. 

Jane es expósita, es decir, no tiene padres conocidos, ni sabe si ese es su nombre real, ni, por supuesto, un apellido noble. Hay miles de Fairchild en toda Inglaterra, porque es uno de los apellidos que se usa con los niños que dejan en los orfanatos. El orfanato de Jane era de los buenos y por eso ella, cuando comienza a servir con catorce años, sabe leer y escribir. Sin que lo sepa, esta será, a la postre, la causa de que su vida se aleje de su inicio, dé una vuelta de tuerca y la convierta, en algunos momentos de la narración, en una famosa escritora de setenta, ochenta, noventa años o más, que es entrevistada por gacetilleros inmaduros que siempre hacen las mismas preguntas. 

Además de los Niven están los Sheringham, que comparten desgracia: también ellos perdieron a sus hijos en la guerra, en la primera gran guerra, la de 1914. Solo uno de ellos, Paul, sigue viviendo en la casa con sus padres. Paul va a casarse con Emma, una chica de buena familia, de la que no se sabe si está enamorado o si supone un matrimonio conveniente. Los matrimonios de conveniencia siguen existiendo, aunque parezca lo contrario. Hasta ahora mismo. Lo conveniente esconde muchas cosas: apariencias, sociedad, dinero, pereza, rutina. Paul y Jane comparten un secreto, una relación clandestina desde hace años. Un joven apuesto y acomodado y una criada inteligente. Para Paul, Jane es una "amiga". Y en este apelativo resume toda su pasión. Y por eso la despedida que le brinda no puede ser sino exquisita. Puesto que va a casarse, no está de más que haya una especial celebración de su vida anterior junto a Jane. Solos, sin cortapisas, sin pudores, sin ojos indiscretos. 

Sabes que ella, Jane, será una novelista famosa. Pero no sabes, no te enteras hasta que la narración avanza, que esa despedida encierra algo más. Y que, quizá, no es de la vida de soltero de quien se despide Paul. Por eso, después de hacer el amor por última vez con Jane, en su propio dormitorio, en su propia casa familiar, Paul se demorará en vestirse, irá tan despacio que Jane se pregunta si, en efecto, saldrá en algún momento para acudir a la cita con Emma, su prometida, que la espera en un restaurante de moda sin entender su tardanza. 

¿Acudirá a la cita? ¿Decidirá, en el último instante, que no merece la pena un matrimonio impostado?¿Vencerá el sueño de la pasión por Jane? Nada sabremos sin leer el libro, salvo que la imagen inmaculada, limpia, blanca y desnuda de la joven criada se paseará por la casa de los Sheringham, conociéndolo todo, absorbiendo lo que ha dejado, en su marcha, el joven Paul. Y que todas esas imágenes y recuerdos formarán la base de una vida futura, de una vida en la que las palabras serán el eje, el motivo, la razón, el oficio, todo. 

"El domingo de las madres" es tanto una novela sobre el amor, como sobre la necesidad imperiosa de que cada cual edifique su vida a partir de lo que tiene, sea poco o mucho. Nada hay en la infancia o en el nacimiento de Jane que ayude a construirse, pero, de algún modo, una especie de naturaleza, de fuerza interior, la llevará a convertirse en lo que quería ser. Y el amor no dejará de fructificar, a pesar de todo. Y será la literatura, la escritura, el trabajo de novelista, lo que dé sentido a su existencia, larguísima y llena de momentos como ese, como ese día, el 30 de marzo de 1924, el día de las madres. 

El domingo de las madres. Graham Swift. Marzo de 2017. Editorial Anagrama. Panorama de Narrativas. 

Reseña del autor en la página web de la editorial: 

Graham Swift (Londres, 1949) fue seleccionado por la revista Granta en 1983 como uno de los mejores novelistas británicos de aquella gran generación de los Ishiguro, Rushdie, Barnes, Amis y McEwan. Es autor de diez novelas, traducidas a más de treinta idiomas, de las que Anagrama ha publicado El país del agua (galardonada con los premios Guardian y Royal Society of Literature): «Una de las mejores novelas inglesas contemporáneas... Singular y muy inteligente» (Enrique Vila-Matas); Fuera de este mundo: «La alternancia de voces narrativas constituye un logro indudable de la novela... Una extraña y deliciosa mezcla de sofisticada creación y de privada confesión... Excelente» (Javier Aparicio Maydeu, El Periódico); Desde aquel día: «Llega a unos niveles de ironía y fino cinismo admirables y difíciles de superar» (Lluís-Anton Baulenas, Avui); Últimos tragos (ganadora de los premios Booker y James Tait Black): «Bien concebida, bien armada, trabajada con riesgo y con talento» (José María Guelbenzu, El País); La luz del día: «Su mejor novela, la de estructura más compleja, arriesgada y estimulante para quien se deje absorber por sus inteligentes remolinos vitales» (Robert Saladrigas, La Vanguardia); y Mañana: «Una novela preciosa... Ritmo puntual y preciso... Perfectamente ejecutada, con un manejo brillante del tiempo de la narración» (Diego Gándara, La Razón).

ISBN 978-84-339-7976-6
EAN 9788433979766
PVP SIN IVA 16,25 €
PVP CON IVA 16,90 €
NÚM. DE PÁGINAS 168
COLECCIÓN Panorama de narrativas
CÓDIGO PN 944
TRADUCCIÓN Jesús Zulaika
PUBLICACIÓN 15/03/2017

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes