De lo cruel


(Pintura hiperrealista. Yigal Ozeri)

A veces respiro la crueldad. Noto su olor, el sabor salado que la antecede, el sonido que la rodea. La atisbo entre un montón de cosas inservibles y entonces intento retroceder o protegerme. Pocas veces lo logro. En la mayoría de las ocasiones llega a rozarme, a cubrirme e, incluso, a matarme. La crueldad siempre termina con una risotada. Nunca avisa, llega de puntillas y, cuando la zozobra se ha instalado en ti, se marcha de la misma manera que llegó, sin ruidos, amistosamente, como si fuera una obligación soportarla. 

Te preguntas entonces por qué a ti. Por qué tú. Revisas palmo a palmo tu vida, intentas buscar los errores, los momentos débiles en los que cediste sin entender que estabas dando demasiadas pistas. Pero no aparecen. Porque no están en ti, sino en el otro lado del ring. Escucho la crueldad y soy capaz de construir con ella una teoría pero todavía, incluso habiendo pasado tanto tiempo, tengo fresco su áspero silencio, ese escondrijo de la verdad en el que la verdad estorba. No vale explicarse ni explicarlo. Existe y tiene una vasta tela de araña que lo cubre todo. A ti también. Y a mí. Podrías escaparte si quisieras. Pero ese es su secreto. La cobardía. 

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