Quiero ocultar mi rostro


Ella lo sabía. Sabía que él ejercía sobre su alma un poderoso influjo. Como la luna, que al aparecer, lo tiñe todo de plata. Y cuando se oculta deja una sensación de vacío difícil de explicar. O como el sol, que cubre de la pátina de la verdad las cosas de cada día. Y, si no está, se espera a que amanezca, en ese rito diario de la realidad que no queremos eludir. Esa mezcla de necesidad y dolor era él para ella. Y ella lo sabía. Las mujeres hablaban mal de él. Le adjudicaban maldades que a cualquiera hubieran derrotado. Pero él ejercía de misógino, de prepotente y de narcisista. Y esa asunción de sus defectos lo redimía de todos ellos. 

Y ahora ella sentía que, para todo, era demasiado tarde. Ya no tenía la edad precisa para enamorar. Ya podía pasear por la calle sin que los ojos de los hombres la siguieran. Ya no estaba en el tiempo de los sueños. Solamente alguien que la hubiera querido desde siempre, sentiría hacia ella la mezcla de pasión y deseo que se llamaba paraíso. Así que sus besos le estaban vedados. Así que nunca el territorio de la seducción llevaría su nombre. Así que él nunca la miraría con la mirada de quien ansía un instante tan solo del cuerpo a cuerpo. 

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