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La quietud invadida


(Claude Monet: Impression. Soleil levant)

El sol, que esta mañana llameaba con la fuerza de un otoño aburrido, acaba de marcharse. Se ha cansado de ver cómo la plaza se abandona a su suerte en el almuerzo y los niños se esconden y los viejos marchitan su esperanza de más tiempo para verlos jugar. El sol, que ahora no existe, anunció de temprano que tú la contemplabas con el ardor de un hombre que desea, con la mirada fiera de quien busca su rato de belleza, su palabra precisa en la ternura. Ese sol, que despunta, que intercala sus rayas con las nubes que quieren su parte del pastel, es el mismo que ella contempla desde el fondo de un silencio más claro. No estás. Decidiste que el tiempo se llenara de otras, de cuyas voces no tenemos noticia, de cuyos cuerpos desconocemos el aire y la distancia. Te marchaste con otras para ver si la dicha retornaba a tus ojos, para encontrar la huella de la carne, para ahondar en el secreto de un amor imposible. Ella quedó a la espera. Pero nada, es la nada quien sirve este banquete de hoy al mediodía, sin sol apenas para brillar de cerca y sin espejo que encontrar al otro lado. Nada tiene sin ti y nada se escribe. Nada es el eco más inmenso que guarda en un rincón desvencijado al que nadie tendrá tiempo ni ganas de acceder cuando pueda. Eso es así. Se pierde casi todo. Ella no está y tú te fuiste sin saber que la rosa tenía un olor a rosas aunque bailara espinas. 

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