Una invasión salada


(Gustav Klimt)

Llegan sin avisar. No las esperas. Tampoco te hace ilusión su llegada. Es un incordio a veces. Casi siempre. Te rodean y te cansan y te vencen. Son saladas y húmedas. Te cubren enseguida la cara. Tu rostro se convierte en un camino a surcos. Se marcha el maquillaje, se marcha la sonrisa, se va todo. 

Si estás en un lugar inopinado, entonces te llenas de vergüenza. Lo ocultas, disimulas, las gafas son para eso un aliado. Pero incluso si fueras con la cara lavada, al descubierto, encontrarías que nadie lo percibe. Nadie ve cuando lloras. Las lágrimas son entes invisibles de un dolor no narrado. Son huellas, los testigos que anuncian que tu corazón vive en un silencio pavoroso que arde. 

Tú sabes por qué lloras. No te engañas. Puedes hacerlo con el mundo entero, pero nunca contigo. Los engaños no sirven. Duelen tanto como asir las verdades pero te dejan dentro una huella de hastío que no puede borrarse sino con claridades de cualquier primavera. 

Y no puedes huir. Eso también lo sabes. Han de llegar sin hora y sin medida. Quedarse en ti, arrasando, la débil resistencia convertida en renuncia. Te vencen, ya lo sabes. Y sabes por qué vienen. Y sabes por quién lloras. Y sabes que será un llanto baldío, que él convertirá en literatura. 


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