Exactamente risas


(Retrato de una mujer hada. Sophie Gengembre Anderson. 1823-1903)

De pronto había descubierto algo que la dejó sin palabras. Una carencia, la falta de una cualidad que había poseído y que parecía estar desapareciendo sin motivo alguno. Halló el motivo y supo qué era. Lo descubrió sin llegar a las lágrimas, eso fue lo mejor de todo. Por casualidad o no tanto. A fuerza de pensar y de vivir anclada en pensamientos que nadie iba a entender sino ella. Supo que la risa se marchó cuando él llegó a su vida. La risa era una forma de soportar el mundo, de ahondar en sus misterios, de reforzar el sentimiento de pertenencia a la vida. Pero él sofocó su risa con ironía y con críticas. Él ahuyentó sus risas con punzadas de dolor inevitables. Desde que él estaba, la risa se había escondido inequívocamente asustada de tanta lejanía y de tanto cinismo. Así, cuando lo supo, también supo que el tiempo de él estaba a punto de acabarse. Ella no era una bruja, sino un hada. Y las hadas sonríen.

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