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Cuentos para Francine van Hove: Todos los perros ladran al anochecer


Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo…

Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía. 

Luego, vino la música, la música se expande en la ciudad sin que nadie detenga su sonido. Sale de la gran plaza, se adentra en Jabalquinto, sube a los miradores, vigila las iglesias...La música en Baeza se oye con otro ritmo, con otra circunstancia, tiene una partitura que nadie ha conocido. Pero nunca está sola, se mezcla con palabras. Palabras de poeta, lo recuerdo, en los muros anclados en el tiempo perdido de aquellas aulas que pisó Machado. Palabras de poeta, Luis García Montero y otros cuántos, místicos, vividores, nuevos realizadores de los sueños. Escribo sentimientos, conozco sentimientos, espero sentimientos…

Baeza lo entendió, supo que era el momento, supo que yo tenía que dejarte perdido en una de sus calles y regresar, al fin, limpia de tu recuerdo, únicamente dueña de mí misma, para ya nunca más sufrir de amores, sino gozar de amores, ni una mentira más. Baeza, el mes de Agosto, el corazón partido y calles viejas. Deambular silencioso, soledad, una búsqueda que nunca terminó y que empezó al perderte. Baeza, la ciudad de los perros, sinfonía de ladridos en el anochecer, mientras Machado cruza lento el patio de esa casa perdida en una esquina, recordando a Leonor.

Han pasado diez años. En este tiempo lo he perdido todo. Has visto que perderte no ha sido suficiente. Y ahora, después de tanto tiempo, he vuelto a reconocer en ti la luz, esa luz que estallaba y que no podía dominarse, salvo con la entrega. Salvo con el asentimiento. Sí, es cierto, te quiero. 

Ahora las cosas son distintas. La rubia de ojos verdes ha desaparecido y, en su lugar, un caleidoscopio de cabellos, de miradas distintas, de abrazos diferentes. En su lugar, has colocado todo lo posible, todo lo que cabía. Dices que eres feliz y no lo dudo. Que recuerdas lo nuestro como un sueño pero que ahora tienes el control de tu vida. Que lo controlas todo. Tu agenda, tus viajes, tus sueños. Que controlas tus sueños y que no existe nada parecido a la felicidad en la que creíste hace años. 

Me has mentido al hablar unas cuantas veces. Lo sé porque todos lo dicen. Porque lo saben. Te has convertido en alguien que sale en los periódicos. Y tu fotografía decora la habitación de chicas que quieren ser tus ojos y tus rubias. Tienes cuarenta años y aún empiezas cada tarde a enhebrar un camino que recorres en medio de las dudas. Eres feliz, me dices. Lo reiteras. No quieres que lo dude. Me miras y asientes entre el humo del tabaco que no logras dejar. Mueves cuidadosamente la copa en la que baila el hielo del gin tónic y me miras, de nuevo, sonriente, me reconoces y hallas, otra vez, a la persona que sufría con tu ausencia hace diez años. 

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