El ruido solitario del corazón


(Aristide Maillol. Profil de femme. 1890)

Estás cerca del mar y aun lejos, inaccesible, sin que puedas verlo ni tocarlo, su música aparece en cada una de las olas que golpean con diminuta fuerza en esa orilla. Nunca el mar ha estado en su telón de fondo. Nunca en sus encuentros existió. Y, sin embargo, el mar se lo recuerda a cada instante, como si lo llevara en su pupila, como si sus palabras se dijeran mezcladas con las suyas, como si el eco de su voz palpitara tan dentro. 

Estás en la colina, contemplando el silencio que a veces trae el estío y un aire inmaculado te recuerda sus ojos, su mirada, que tiene ya un cansancio que destila y que te hace quererlo más profundo. Una ensenada de besos volaría si pudiera y se aposentaría en su mejilla izquierda y las manos tendrían el vuelo de las noches, antes de que el reloj señale la hora exacta del adiós y la pérdida. 

Estás en la ciudad y siempre esperas que aparezca en un recodo, que se convierta en presencia y te aturda. Que te abrace, porque ese abrazo tiene la fuerza necesaria para hacerte pensar que esto es la vida y no un simulacro de tiempo inabordable. En la ciudad su voz se convierte en sonrisa y esta es risa enseguida y luego viene un beso y un latido final plagado de arrogancia, de orgullo de quererle tanto como le quieres. 

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